Ain't it strange domingo, marzo 01, 2009
Que acaso si fuera más rubia como todas las teñidas de su barrio o si me importara menos andar con la barriga al aire cuando apenas hacen veintidós o veintitrés grados afuera y no hay razón alguna para andar vestida así aunque sea para ir a comprar el pan, que acaso si fuera menos maniática de la salud como suelo ser en mi cuadra y empezara a fumarme uno o dos o seis cigarros durante el día y así el olor de mi ropa se combinara con el suyo y seríamos uno y el mismo incluso en esa clase de cosas, que si acaso empezara a mascar chicle para que cuando a veces nos topáramos le bajaran las ganas de meter la lengua en mi boca y se encontrara con el sabor a cerezas, que si acaso hiciera todas esas cosas y además usara los pantalones bien apretados y zapatillas más grandes de lo ordinario y no tuviera escrúpulos para anunciarte que espero un hijo tuyo y así te ataba conmigo quizás fuera suficiente para que aceptaras todo esto de la aventura y el romance, pero incluso con todo eso lo que conseguía era solamente que se apareciera él por mi esquina con la cara desprovista de risa alguna y dijera hasta cuándo jodes, sería mejor que te volvieras a casa, ¿no crees?, y entonces yo me ponía a gritarle sandeces y a tirarle el humo del cigarro en la cara y medio rogando, medio gritando, él repetía que por favor me vuelva a casa.
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Nota de cumpleaños sábado, noviembre 22, 2008
No hay
diferencia
entre tener doce y tener quince. /Me
dice mamá que cuando vuelva a casa
me enseña a hacerme esas trenzas que me
gustaron. Papá dice/
niña, hace tiempo no te veía con falda,
es que es el calor y el agua en las baldosas del patio
se acaba rápido y no puedo regar todo el día
papá vuelve a decir hace tiempo, ¿qué tiempos,
no?, ¿cuántos años me dijiste que cumplías?,
y justo entonces se corta el agua de la llave,
afuera de casa se escuchan unos tacos
que parecen de zapato de hombre /papá es el
que cortó el agua y arquea la espalda
tiene a veces papá granitos en la espalda
tiene lucecitas en la espalda, papá /le brilla el agua
en la espalda y las lucecitas, me
gustabas más cuando no sabías usar la hache,
susurra, el agua está cortada y no me dejan seguir
mojando las baldosas del patio y
la sombra de mi falda en las baldosas
empieza a subir y subir y me dice la hache, niña,
la hache es la que no se dice/ no diga nada,
al rato te rearmo las trenzas,
cuando salga del cuarto de baño y me afeite, ¿eh?,
en el mismo baño en que yo
todos los días me siento
y se mueven partes adentro /una vez a los doce
otra más será a los quince:
la hache nunca se dice.
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Visíteme usted domingo, junio 22, 2008
Es hora de volver a escribir. De anotar palabritas por todas partes, da igual si hacen sentido o no. Como para tener algo que hacer, como para no perder eso. Una profesora una vez habló muy nostálgica de los tiempos en que solía escribir. Nos pidió a todos que no dejáramos de hacerlo. Todavía me acuerdo de ella y me sonrío, porque sabía escoger muy bien su ropa.
Notas sobre la estereoceguera. http://mediociega.blogspot.com
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A propósito del veintitrés jueves, abril 24, 2008
Algo debieron hacer mal Cervantes y Shakespeare para que el día en que se murieron los dos se convirtiera en celebración, ¿no? Lo del derecho de autor me tiene más bien sin cuidado, pero está bonito eso de celebrarle un día a los libros. Yo creo que si un día me gano el loto o esas cosas me voy a gastar mucha, muchísima plata comprando libros, porque a la gente de plata lo que más le envidio es eso. Una vez llevé a Felipe conmigo a la biblioteca y mientras él estaba incómodo ahí mirándome (yo, entre otras cosas, le preguntaba que por qué tenía la frente llena de heridas, y no me quiso contestar) yo estaba de lo más feliz tratando de decidir entre algo de Bolaño o de Auster, agachada entre las filitas ordenadas de libros, y me sentía profundamente en paz. Ahora último me compré un librero para instalar los libros que yo tengo, que no son muchos, pero los suficientes para llenar cómodamente dos hileras y tener una vista decente. Y cuando recién me puse a ordenarlos estuve mucho rato siguiendo las reglas alfabéticas (¿Edmundo de Amicis va en la a o en la d?), y me pareció un buen trabajo y me hizo feliz.
Como digo a veces, yo me creo escritora y está en mi futuro publicar muchos libros, o al menos unos pocos de ellos, libros donde estén mis cuentos, libros donde estén las crónicas de los viajes con mis padres, libros donde estén las crónicas de mi familia hereje y otros avatares de mi vida provincial. Por ahora, uno a las celebraciones del día del libro ese volumen tipo anuario en el que salgo publicada (por primera vez en la vida): un volumen con pinta de libro fotocopiado, de tapa blanda y con infinidad de errores por todos lados, pero un volumen donde salen 600 palabras mías. Que me recuerda que escribo porque me gusta hacerlo y no por imposición o por llevar la contra: que escribo porque es parte de mis procesos vitales, y que alguna vez todo eso se va a ver materializado en libros de mi propia cosecha.
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The remains of the day jueves, noviembre 01, 2007
Hace tiempo que no escribo y no estoy segura por qué. Yo creo que de nuevo me vino la crisis existencial del blog porque no sé cuál es la línea que lo rige ni qué espero de él; lo que sé es que hace rato me ronda en la cabeza la idea de hacer otro blog para poner exclusivamente la obra literaria súper loca que quiero que conozca el mundo (o no), y eso sería un antro medio snob para que visitara la gente y me tirara flores. Pero lo más seguro es que no lo haga. Igual, se supone que este blog es un sucucho para que venga yo y escriba tonteras, y mis amiguis lindos me respondan más tonteras que me pongan feliz.
Queda un mes de clases y no quiero más guerra. No por el estrés o las cosas que hacer, sino porque ya no me puedo levantar a las 8. Y de verdad no puedo, me gana la flojera endémica que tengo y las ganas de soñar (no de dormir) y de que se me ocurran cosas. Lo bueno es que entre todas las cosas que tengo que hacer me puse de nuevo a escribir, porque hace tiempo que no me salía nada coherente, y todo esto gracias a la Ale y su taller y su manía de darme veinte minutos para escribir sobre los hermanos, y encima con una línea sobre la playa que en circunstancias normales me habría hecho quedar completamente en blanco, pero que esta vez fue casi como ver la luz. Aparte que como me considero ya completamente conversa a la ciencia lingüística igual me daba pena no estar dedicada a lo que me trajo a Letras, en primer lugar... aunque hay otros compañeros de una que tomaron solamente tres ramos porque están más ocupados de publicar su libro snob, y yo no soy de esas.
Bueno, eso. Eso y que me enamoré de la música de un tipo de treinta y uno o treinta y dos, muy religioso y que en sus canciones encierra un amor por Dios tan grande que hasta yo puedo sentirlo y me emociono.
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I can't find you viernes, octubre 19, 2007
Abril, lluvias mil; pero abril ya pasó. Hace tanto tiempo que no llueve de esta forma, llueve como si se fuera a acabar el mundo, chiquillo, y tú jugando afuera, ¿crees que la ropa se seca muy rápido? Ochenta días, ya van ochenta días… y ayer se mató a la última vaca, hijo, no te enfermes porque ahora hay que racionar la comida y si no estás tan fuerte como ahora quizá mueras, pero no te mueras, no te mueras como murió Luisito hace ya tantos años (algunos dicen que se mató durante el diluvio, pero yo no les creo); el pobre fue enterrado bajo ese alerce de ahí. Fue enterrado por su padre y cuatro de sus hermanos, estuvieron cuatro horas esa mañana de Julio cavando el hoyo…. ahora que llueve tanto me da miedo que la tierra se desprenda y Luisito salga a la superficie.
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To see you in the morning viernes, septiembre 28, 2007
Me voy a comprar un gato y lo voy a atar al picaporte para que se vaya de bruces cada vez que yo salga enojada de mi habitación. Cuando vuelva a entrar lo recojo y lo vuelvo a poner en su sitio. Cada par de días lo sacudo un poco para que no se le hagan motas ni se ensucie, porque será un gato blanco, más blanco que la nieve y las nubes y el cielo cuando no tiene color alguno. A veces en las noches el cielo está tan blanco que el hecho de que sea de noche no es nada más que un insulto. En esas mismas noches me doy cuenta de que no entiendo el paso de los días porque todos los días me quedo enredada en lo mismo, entre tejer para los bebitos que vienen y limpiar las habitaciones y pensar en un hombre que me abandonó por el lujo de todas las cosas más brillantes que mis ojos. Entonces pongo cara de pena y aparento que me duele todo por dentro, pero hace tiempo que me puse a trabajar en automático y ya no puedo parar. Quizá también me consiga un perro para que persiga al gato de modo que lo presione contra la puerta en maullidos de intenso miedo pero todo con tiznes medio románticos, medio en broma, para que yo me entretenga un rato. Pero para todas esas cosas tengo que pedir permiso primero y todavía no estoy segura de si me irán a hablar de nuevo alguna vez. Ay, lo único que me hace falta ahora es que cuando quiera comunicarme ya se me haya olvidado cómo escupir las palabras.
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Todas las casas jueves, septiembre 06, 2007
Afuera es de noche y aquí dentro hay una luz violentamente amarilla
invadiendo los espacios. Algunas veces pasamos las veladas a oscuras, terminando
de usar esos cabos de vela perdidos por la casa que sobraron desde el tiempo
de los apagones. A las siete de la tarde teníamos que tener todo listo
para sumirnos en la incertidumbre de la hora sin nada de luz. Quién diría
que después se nos haría costumbre y que si no pasaba era peor,
todo por eso de prepararse para la hora de silencio y luego darnos cuenta de
que todos nuestros planes para esa hora tendrían que ser cambiados por
la vida normal.
La vida normal. Lo normal es tomarse una taza de té con dos o tres de
azúcar. Estoy tratando de preparar eso y entonces me vuelve a decir:
—Me voy —y me mira—: me voy.
Yo lo miro de vuelta y sigo haciendo mis cosas. Se me ocurre que pongo una expresión
irónica cuando le digo
—¿Y dónde te vas a ir? Si no puedes hacer nada sin mí.
—Allá me van a cuidar mejor.
—Allá te van a matar para quedarse con todas tus cosas, Antonio.
De nuevo el silencio. Antonio estira el brazo y logra apagar la luz de un golpe
chueco al interruptor. Después me hace abrir la puerta de la calle para
que entre un poco de aire fresco y lo único que se ve es un par de niñitos
tratando de resistirse a la fuerza de los brazos que los empujan al fin dentro
de sus hogares.
—Si quieres te compro otra casa. Te dejo que te quedes con esta y te compro
otra. Y un auto: así me dejas irme.
—No.
Él me mira con reproche mientras le acerco el té. No quiere abrirme
los labios hasta que le ofrezco de beber a cucharaditas: una para ti y otra
para mí y nosotros somos casi como un espejo de movimientos copiados.
Después él comenta que le hubiera gustado un terrón de
azúcar extra y yo no quiero que hable más cosas sin sentido. Intento
que me bese y no quiere. Yo le planto un beso tibiecito en la nariz.
—No me vas a poder dejar nunca. ¿Cómo, si ni siquiera puedes
usar las manos? —le digo, y entonces lo pongo en el umbral de la puerta
para que le llegue el viento.
—Siempre queriendo sacar la última carta del naipe —me responde
cuando estoy desapareciendo tras la puerta de la cocina—, pero esa la
tengo yo.
Y entonces se gira hacia la puerta y con la fuerza que nunca tuvo da pasitos
rápidos en la silla de ruedas hasta que sale a la calle: aquí
dentro se apaga la luz y en una esquina del saloncito se prende un cabo de vela.
Cuando llego a la verja Antonio ya no está y no se escucha nada más
que el rumor de los autos atravesando la avenida de enfrente y las murmuraciones
de los vecinos espantados por un nuevo apagón.
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Frau Brechenmacher camina a tropezones domingo, junio 24, 2007
¿Recuerdas, mujer, la primera vez que te tocó? Tú dirías que fue la única vez en que sentiste ternura derramarse por entre sus dedos. Se te había caído un mechón a la cara y él lo retiró suavemente mientras te sonreía: era la de él una sonrisa tímida, como escondida entre los labios secos, curtidos por el viento de abril. Todavía no terminaban las lluvias y lo veías pasar todas las mañanas enfundado en un gran abrigo, la nariz roja de frío y los ojos cansados que se iluminaban al ver tu silueta en la ventana. Después te acarició y te enamoraste de él, como la muchachita que eras, y pareciera que ignoraras el brillo maniático de sus ojos cuando él te miraba, como cuando te tomó de la barbilla y te dijo me encantan tus ojos, me encanta la forma en que arrugas la nariz al reír, me encantas como una muñeca danzarina dispuesta a imitar cualquier movimiento que piense dentro de la cabeza, me encantas, mujer, me encantas. Y a ti te encantaba el cortejo hasta entonces tímido de él, la forma en que pasaba raudo por fuera de tu ventana, casi lanzando las cartas dentro del buzón y volviendo a correr; se demoraba el brillo de los botones en frente de la puerta y te lo quedabas mirando, al brillo, como si fuera una promesa dorada para ti. Por eso lo aceptaste, por eso aceptaste su mano cuando por fin se declaró, envuelta toda tú entre sueños de felicidad y pasión, entre sueños de juegos y risas; por eso lo golpeaste suavemente con una sonrisa esa primera noche, y por eso él te volteó la cara en un instante, los ojos inyectados en furia y sangre, como nunca antes lo habías visto. Esa primera ternura derretida a pesar del frío primaveral se había congelado hacía ya tiempo, y ahora el calor del verano no lograba disolver esa sombra, esa pequeñísima sombra de miedo que se te había instalado en el cuello por la mañana, mientras te arreglabas el moño para hacer las labores; fue entonces que cambiaste, fue entonces que empezaste a ceder. Adoptaste entonces ese aire impasible, esa forma de mirar y de dar apenas pequeños pasitos para aparecer digna ante tus amigas… ¿amigas?, ¿no eran acaso ellas las simples esposas de los amigos de él?, ¿no eran acaso ellas justo como tú, mujeres apagadas, enredadas entre hilos de forzada cordura, de seriedad absoluta? Porque ahora extrañabas la forma en que tus faldas se movían cuando eras soltera, extrañabas poder bailar con los extraños que visitaran el pueblito a veces. ¿Lo viste alguna vez bailar? ¿Sentiste alguna vez su beso tibio en tu boca? Porque él no bailaba ni parecía besarte nunca, excepto, quizás, después de embestirte con furia por las noches (un beso seco, áspero, violento, antes de caer rendido sobre la almohada de plumas y ser robado por el sueño), y tú te quedabas en silencio añorando esa caricia única, la primera. A la mañana siguiente bajabas al pueblo y te estremecías con las sonrisas amables de buenos días que te dedicaban tus vecinos, sentías que se te erizaba la piel cuando te dedicaban una palabra de afecto, de preocupación por tu enorme barriga, eterna nodriza de él, siempre añorando un nuevo embarazo; ¿cuántos hijos tiene ya, señora?, así te preguntaban, y con una sonrisa fingida recitabas los nombres de tus entonces cuatro retoños. Luego volvías a casa con las compras y las tirabas furiosa sobre el mesón antes de esconderte tras una cortina, gritándote por dentro te casaste por amor, te casaste por amor, para volver con la cara recompuesta a apurar la labor de cocina. Después lo veías llegar, golpeando el suelo pesadamente con sus grandes botas, pavoneándose frente al único espejo de la casa, asegurándose de que los botones del uniforme siguieran tan brillantes como siempre. Y en eso quedaba tu tarde, en verlo llegar y verlo comer, verlo quebrar el suelo con sus pasos, ver los indicios de su locura en el puente de la nariz, ver los indicios de lujuria entre sus mejillas, siempre verlo pulular por todos tus espacios, mientras tú te escondías de él en el pasillo oscuro, vistiéndote fuera de su vista, desvistiéndote en silencio para no molestar su sueño cuando te acostaras junto a él; entonces fue que te diste cuenta de la rutina de todas las tardes de fiesta, cuando entrabas tú a la casa tras sus pasos, recogiendo sus pasos, caminando a tropezones para mantenerte lo suficientemente cerca y lo suficientemente lejos para no dejarlo alcanzarte de un manotazo, quitándote la nieve del pelo mientras él se desparramaba en la poltrona y mascullaba que quería la cena inmediatamente, y tú te deshacías en atenciones para él, viviendo sólo para él. Por eso te proteges la cara con el brazo cuando apoyas la cabeza en la almohada: porque sientes cómo se te escapan los pensamientos cuando él respira a tu lado, sientes cómo te roba el aire que intentas atrapar entre tus manos frías, sientes cómo te roba los recuerdos y tu nombre, porque ahora no eres más que Frau Brechenmacher, condenada a ser lo que él quiera que seas, olvidando tu propio nombre de soltera, el verdadero nombre que llevaste hasta la noche en que entraste en esa casa helada tras sus pasos, esa primera noche, cuando él resopló de frustración y masculló que qué ineptitud, que nadie ha dejado el horno encendido para cuando llegáramos, y te miró como un loco, enlazándote por la cintura y tumbándote en la cama de un empujón.
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Terminar es mucho más facil jueves, enero 18, 2007
Esto es el final de un cuento que no puedo escribir, aunque tengo un montón de historia que potencialmente significaría mi excomunión de cualquier iglesia cristiana en el mundo - pero no me sale y creo que esta parte es la única que realmente me gusta porque es lo que tengo más claro. Y de todas maneras esto resume muy bien de qué se trata.
Por última vez se levantó malhumorado y cojeó rápidamente hasta el saloncito donde estaba el altar. Las pequeñas florecillas doradas que había colocado Rosita esa misma mañana ya estaban marchitas en los vasos amarillentos. Una luz estival entraba desde la derecha; la ventana no tenía cortinas, y hasta las manos del viejo tenían un color como de retrato en sepia, inmemorial.
Lentamente levantó el ojo bueno hasta nivelarlo con los de la impasible virgencita que tenía en frente. La estatua de cera lloraba a borbotones.
—Ah, no, ¡esto ya no lo soporto más! —gritó el viejo, al tiempo que se volvía y con la izquierda se tocaba el hueco del ojo malo, todavía mojado y viscoso—. Que para las bromas de nadie ando, señora, así que chínguese usted y su casa, vieja lasciva, repugnante y burlesca.
El cuartillo en el fondo del patio lo había rociado con una parafina vieja, apenas dos semanas antes de vaciarse el ojo derecho. La madera estaba perfumada y brillaba con el óleo que la marinaba. Se encerró dentro con tres gallinas y, después de atarlas a la puerta y asegurarla bien, le prendió fuego a las paredes, y esperó.
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Just a memory, I guess miércoles, enero 17, 2007
You've already read it: I think I'll dedicate this to you.
I remember back in the day when I hadn't seen your face just yet and you used to play with those kids in every corner, and you'd always hide from them in the same places, and they could always find you – like me, they were drawn to you by that silence and the mystery of what was beyond what they called the fluffy mask, and I bet they were the only people ever that got a laugh back whenever they asked about what happened to you, even if you never answered them. Mask or not, the kids liked to be around you and you liked the kids to be around you as well, since I suppose that made you feel a bit less guilty and a bit more accompanied. I met you on a rainy day at the bus stop, because I'd looked at you and felt uneasy but then I laughed because I remembered I probably looked the same on that day, trying to protect myself from the cold and the wind (you know I've always been very weak and my nose is constantly red), and then you looked at me with what I guess was a quizzical brow and asked something rude but I just laughed again, and then I said good afternoon and stood there for hours just talking to you, looking into your eyes, dark yet shiny, unlike your very worn clothes. Standing there next to you made me realize we could be perfectly equal, and hearing your laughter from time to time (after the long, awkward silences) and letting go of my fears whilst encouraging my hopes made me blush, although you couldn't see it.
I never so much as touched your skin for years, except for that day when you had something in your eye and I tried to remove it and you backed away, as though I'd burned your eyelid, and stared at me with scared eyes for the whole evening. Then I became silent and then I just accepted trying to catch your breath through the frozen cloth would have to be enough for me, but I embraced that with open arms, since I couldn't now leave you. Not after hearing those little things you'd sometimes say, like the day when you told me your name and then I could never stop repeating it into my head, everyday, every time I breathed, because I was forbidden to say it aloud. Sometimes I felt like screaming it, specially after beating you at football when you'd fold your arms and look at me with the quizzical brow again, and I suppose you pouted, and then I'd try to kiss you and you'd back away once more. It was not until I talked you into dancing with me by the moonlight and I whispered things into your ear that would make my mother blush, and then you laughed and laughed and then took a glove out and squeezed my hand into yours, and you were cold and your fingertips felt rough, like they belonged to a working-class man and not who I believed you were, but I'd never asked where you'd come from. Afterwards you took me inside and we sat in the middle of that room of yours, and as I was trying to look around you shut the blinds and came back to me and started taking everything out in the shadows, and then you covered my eyes with something soft, and took my hands, and placed them onto your face. I discovered some scars and mostly wrinkles, and I think I felt a bit of burned skin, too; your neck was soft, though, and I loved to discover that you could have, indeed, a beard, and that you hadn't shaved in two or three days. Then you made sure my blindfold was safe in its place and took my dress away, and then you held me and kissed me for the first time. You stretched me into your arms for hours and after a while you drifted peacefully into sleep, and I took the blindfold out and stared at you till I could see your face in the shadows, and then put it on again, and felt asleep as well, my fingers entwined with yours. Then I woke up a few hours later and you were up and fully dressed, and I think you gifted me with an invisible smile when you looked at me, and I put my dress on and went back to just standing next to you, like I'd always done. Sometimes I think about that day and wonder why I still let you blind me every time we meet, but there's a part of me that still loves the mystery and the way everything feels different when I shut my eyes close, even your scent and your laughter, and the coldness of your skin.
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Frau Brechenmacher jueves, diciembre 14, 2006
Mi "tarea" de esta semana, que era escribir un cuento (un algo, lo que sea) acerca de, o basado, o a partir de un cuento ya escrito.
Mi primera idea era escribir algo sobre el cuento que hizo Marcos Neyra que se llamaba algo del rey Arturo, que me encantó, pero después me regalaron un libro de cuentos de Katherine Mansfield y ella me encantó mucho más... mucho más. Así que me basé en un cuento de ella, que se llama "Frau Brechenmacher asiste a una boda". Lo busqué en internet y no lo encontré por ninguna parte, así que lo tuve que tipear yo misma - me demoré más de cuarenta y cinco minutos, lo sé porque empecé cinco para las seis de la tarde ayer, cuando terminé de chatear con Cristóbal, y me dieron alrededor de las seis cuarenta y cinco cuando lo guardé. Lo subí ACÁ para que lo lean, también. Y léalo porque me carga tipear cosas por las puras. Después de que lee eso, lee esto otro y estamos listos.
Ah, me faltó mencionar que esto de acá lo escribí con mucha frustración, porque no me están saliendo las palabras como yo las quiero.
Frau Brechenmacher camina a tropezones
Pocas veces él la tocó antes de que se casaran, y ella pareció ignorar el brillo maniático de su mirada cuando la tomó de la barbilla y le dijo me encantan tus ojos, me encanta la forma en que arrugas la nariz al reír, porque amaba el cortejo tímido de él y la forma en que pasaba raudo por fuera de su hogar, y el brillo de los botones parecía demorarse en frente de la puerta, como una promesa dorada para ella, y por eso, por eso aceptó su mano cuando se le declaró, envuelta entre sueños, y después de atravesar la puerta por primera vez, detrás de él, cuando ella lo golpeó entre juegos y él le volteó la cara, los ojos inyectados en furia y sangre, después de que la pequeñísima sombra del miedo se le instaló en la base del cuello, siempre presente cuando ella se arreglaba el moño, ella adoptó esa manera impasible de mirar, de dar apenas pequeños pasitos y aparecer digna ante sus amigas, aunque siempre extrañando la forma en que sus faldas se movían cuando era soltera, siempre extrañando poder bailar, porque él no bailaba ni parecía besarla excepto después de embestirla con furia por las noches (un beso seco, áspero, violento), y cuando ella bajaba al pueblo y sentía su cuerpo estremecerse cuando algún otro vecino la saludaba con una gran sonrisa, cuando alguien le dedicaba una palabra de afecto o de preocupación por su enorme barriga, por el nuevo embarazo, ¿cuántos hijos tiene ya?, ella volvía a casa y se escondía tras una cortina, gritándose por dentro te casaste por amor, te casaste por amor, y luego recomponía su rostro antes de meterse en la cocina, una vez más, para tener todo listo cuando él llegara y verlo comer, siempre verlo comer o verlo pavonearse o verlo lujurioso, aunque siempre rehuyendo sus ojos, siempre vistiéndose en silencio en el pasillo oscuro, siempre yéndose a dormir con movimientos delicados, para no molestarlo, siempre protegiendo su cara con el brazo cuando los pensamientos comenzaban a abandonarla, intentando recordar su nombre de pila, su nombre de soltera, antes de convertirse en Frau Brechenmacher y entrar a esa casa congelada, como la primera noche, cuando él resopló de frustración y masculló que qué ineptitud, que nadie ha dejado el horno encendido para cuando llegáramos, y la miró como un loco, enlazándola por la cintura y tumbándola en la cama de un empujón.
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Cuestión de Principios viernes, diciembre 08, 2006
Tuve que hacerlo, mamá: no me quedaba otra salida. Todo comenzó el cuatro de octubre, apenas siete días después de mi mudanza, cuando lo vi por vez primera instalado frente a la ventana. Los departamentos tenían apenas unos pocos metros de separación. Y, como yo creía que el edificio de al lado aún no había comenzado a venderse, yo bailé casi desnuda frente a la ventana de mi habitación, sin mayores contemplaciones.
—Buen día —escuché que alguien decía tras de mí, y trastabillé.
Luché por mantener la toalla enrollada en mi cabeza mientras trataba de poner una cara amable, y entonces dije yo también: —Buen día, señor.
No podría precisar su edad. Quizás tendría unos cuarenta años. Pero ni su nombre me importaba; sólo quería mirar a otro lado y vestirme. Qué vergüenza. En un momento me pareció ver al tipo girar, como si se aprestase a abandonar su propia habitación, pero, para cuando terminé de enfundarme en la camiseta y volví a mirar, él estaba de vuelta en su posición inicial, mirando alternativamente mi cuerpo y luego mis ojos, con una sonrisa descarada en el rostro.
—Eh, señor. Estoy... ya sabe. Tratando de vestirme.
Él no se movió ni un centímetro. No me dijo nada.
—Oiga —traté de nuevo; llegué a chasquear mis dedos en busca de su atención, pues ahora apenas estaba entretenido en mis caderas—, oiga, déjeme en paz. Le digo que me deje en paz. ¡Señor!
El tipo volvió a mirarme, con la misma sonrisita idiota, pero no se movió.
—¡Demonios! —exclamé, y tomando violentamente el par de pantalones tirado en mi cama, salí corriendo de la habitación.
Lo sé, lo sé: podría haber instalado cortinas. No creas que no lo intenté, pero tú ya sabes qué opino de ellas. Nunca me ha gustado sentirme encerrada, iluminada por luz artificial en vez de dejar entrar los preciosos rayos de sol y hacer brillar mis blancas paredes. Además, eso sería adelantarme a los hechos. El hábito de bailar semidesnuda por las mañanas lo tenía muy arraigado. Pero no se me ocurrió que el tipo no volvería a moverse de allí. A la mañana siguiente, cuando me levanté de la cama, él ya estaba ahí instalado: no pareció haberse movido un centímetro desde la mañana anterior. Lo mismo el resto de la semana, y cada vez que mirara por la ventana me encontraba con la misma sonrisa estúpida de él, aunque no volvió a darme los buenos días, por suerte. Pero ya para el lunes me había entrenado para ignorar la ventana. Comencé a vestirme en el baño. Nada ocurrió hasta el día veintiséis, un domingo, cuando me levanté un poco más tarde de lo habitual, y estuve desayunando manzanas frescas mientras me pintaba las uñas de los pies. Tenía una cita esa tarde. Estaba concentradísima terminando de pintar mi pulgar izquierdo con la mano derecha, sosteniendo mi manzana a medio comer con la otra, cuando escuché:
—Manzanas rojas, ¿no? Me parece que las verdes son mejores. Más ácidas.
Mi mano tembló y terminé pintarrajeándome el dedo completo. Levanté la mirada con odio.
—Por supuesto, si la come usted debe de estar deliciosa, verde o no.
Cerré los ojos un momento y suspiré pesadamente. Acto seguido, me levanté y le lancé la manzana con furia antes de huir de la habitación.
El sonido de la manzana rebotando contra su ventana cerrada (no sé cómo es que se movió tan rápido) me alcanzó cuando atravesaba la puerta, y por eso largué un sonido gutural, ahogado, mientras cerraba de un portazo.
Creo que tuve que comenzar a salir de casa. Eso no hizo que mi vida cambiara de alguna manera importante, claro que no; ahora apenas me limitaba a leer y escribir lo mismo que en casa, pero escondida en los rincones oscuros de algún café poco frecuentado, o enfurruñada en una plaza cualquiera, después de la hora de almuerzo. Él seguía ahí, frente a mi ventana, todas las mañanas y todas las tardes, a cualquier hora que yo me apareciese por mi habitación. A veces me preguntaba acerca de sus hábitos alimenticios, o incluso sobre sus necesidades biológicas. ¿Dormiría alguna vez? Podría haber respondido todas mis dudas hablándole.
Una tarde sonó el teléfono escasos segundos después de que yo regresé desde la tienda.
—Hola.
—Es usted muy valiente. No muchas mujeres se dejan observar como usted.
—¡Ya déjeme en paz!
Lancé un grito ahogado y colgué. Pasados tres segundos, recapacité.
—¿De dónde demonios obtuvo mi número?
—Usted me ha permitido observarla. No fue demasiado difícil.
—¿Qué quiere de mi? Déjeme en paz. Usted no me conoce ni yo lo conozco a usted. Deje de mirarme.
—Podría poner un par de cortinas, sabe usted. Yo no podría verla en su habitación si usted lo hiciese.
No respondí. Ya te expliqué mi negativa hace unos momentos atrás.
—Desde luego, me extrañaría mucho que llegara a hacerlo. Nunca, en dos meses, la he visto llegar con alguien. Nunca ha entrado otra persona a su habitación. Nunca la he visto con cara de hembra satisfecha. Usted me necesita.
Temblando, colgué el teléfono y huí a la ducha. Sus ojos me siguieron por un segundo cuando atravesé la ventana de siempre.
Quise hacerlo. Te lo juro, mamá, que intenté poner cortinas: lo decidí hace unos días, cuando apareció ese ramo de rosas marchitas en mi cama, y él aparecía más sonriente que de costumbre. Así que me decidí de una buena vez, aunque no se me había ocurrido que vivir en un departamento antiguo sería un problema. La vieja Josefina, la dueña, me vio pasar rápidamente con el taladro hoy por la tarde, y me miró extrañada.
—Niña, niña, ¿para dónde va con eso?
—A mi habitación, señora, tengo que instalar un par de cortinas —le dije mientras subía la escalera a grandes trancos. Creo haber escuchado un débil “ah” cuando atravesaba la puerta. Ni siquiera la cerré. Conecté el taladro rápidamente a la corriente y acerqué una silla a la ventana: las marcas estaban ya listas hace horas. El tipo, que tenía una cara cansada cuando había comenzado a marcar, temprano, me miró con renovado interés al regresar.
Estaba probando la potencia del taladro cuando escuché el grito desde la puerta de entrada.
—¡Deténgase, espere! —me espetó la vieja Josefina, jadeando—. No puede. ¡Déme acá! No puede hacer eso, ¡no!
Hice caso omiso de ella. Casi tocaba ya el concreto de la pared con la broca cuando el tipo gritó fuertísimo, con una voz encolerizada: —¡Ya le han dicho que no lo haga!
El grito me desconcentró. La cara de él estaba roja de ira y por un momento recordé a mi padre, cuando regresaba magullado después de esas peleas. Me caí de la silla, aunque la cama amortiguó mi caída.
—¡No se atreva a tocar la pared! Bastante ya hice con permitirle pintar todo de blanco cuando se mudó —me gritó la vieja, y me arrancó el taladro de las manos—. Eduardo construyó este edificio con sus propias manos. Él planificó todo desde los cimientos. Usted no le va a hacer ni una modificación más. ¡Dios mío! ¡Taladros y orificios! No le permito cortinas a nadie. ¡No se atreva a tocar la pared de mi esposo, le digo!
Miré a la vieja abandonar la habitación y cerrar mi puerta de entrada violentamente. Luego, a juzgar por los sonidos sordos, lanzó mi taladro nuevo con toda su fuerza por las escaleras en espiral, y lo pateó enojada hasta llegar a su propia puerta, en el primer piso. El tipo se rió sonoramente de mí cuando me levanté por fin de la cama, y yo huí hacia la cocina.
El teléfono sonó justo cuando devolví la botella a la despensa. Contesté con un resoplido.
—Diga.
—Se lo dije: usted me necesita.
—No sé de qué me habla. Déjeme en paz.
—Podría haber instalado las cortinas si en verdad lo desease. Pero no puede resistir no tener a nadie que la mire: se sentiría muy rara, muy sola sin mí.
Y eso fue el colmo, mamá. Solté un grito y lancé el teléfono lo más lejos que pude; corrí hasta mi habitación, donde la silueta de él me observaba con los brazos en jarro, a contraluz. Abrí el armario con violencia y comencé a sacar toda clase de cosas. Lancé por la ventana zapatos, pantalones, corpiños y demases. Esta vez su ventana estaba abierta, y todo caía limpiamente dentro sin siquiera rozarlo.
—Ahí tiene, ¡demonios! No sé qué diantres quiere de mí. Déjeme en paz. ¡Ahí tiene todo! Yo me largo de aquí, quédese usted con todo, usted y la vieja. ¡Me largo!
Y así fue, mamá. Yo sé que tengo que aprender a controlar mi furia, pero no sabía qué otra cosa hacer. Quizás, si lograse interesarlo a él en oler mi ropa o acariciar mis pertenencias, dejaría de mirarme. Ya sabes cómo me pongo cuando me impacientan. Por eso salí corriendo. Lo próximo que hice fue darles de golpes a los azulejos del baño con una lámpara que venía con la casa, hasta que destruí varios de ellos; después bajé hasta la puerta de la vieja y le lancé los fragmentos a la cara cuando me abrió. Salí corriendo. Llegué aquí. Te dije que era conveniente no entregar mi nombre completo cuando firmé los papeles de la mudanza, te dije que había algo raro: pero ahora ya no pueden encontrarme, no, ninguno de los dos. Si llego a ver a ese tipo en la calle voy a gritar. Pero jamás lo vi abandonar su patética habitación.
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Un último contacto martes, noviembre 14, 2006
El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios / penden antiguos cuadros imaginarios / irreparables grietas imaginarias / que representan hechos imaginarios / ocurridos en mundos imaginarios / en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes imaginarias / sube las escaleras imaginarias / y se asoma al balcón imaginario / a mirar el paisaje imaginario / que consiste en un valle imaginario / circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias / vienen por el camino imaginario / entonando canciones imaginarias / a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario
Él mira el cuadro solitario colgado al final del pasillo.
Las ventanas están sucias; hace años que nadie las limpia. Le dan al corredor un aire distinto, hace que la luz se tiña de tonos dorados, sepia, y parece como una fotografía antigua. Incluso deslava un poco los colores del retrato, y ella parece atemporal, piensa. El aire huele levemente a polvo y las paredes parecen dolerse con el peso del encierro. Pero hace un bonito día de verano, él piensa, hace tiempo que no venía por aquí.
Desde luego, las sensaciones que el cuadro le inspira son dolorosas. La vista de aquellas pinceladas violentas, casi escupidas en la tela, le recuerdan la forma en que el viento gira entre los árboles que rodean la gran casa; por eso no lo mira de cerca, para no marearse. La forma en que el pintor reprodujo el brillo de los ojos de ella es irrepetible. Por eso es que murió tan luego después de terminar el retrato: porque se le había ido la vida en ello. Pero gracias a eso, parecía que Ignacia estaba a punto de salir del marco plateado enfundada en su precioso vestido de domingo, las trenzas atadas con largas cintas del color del cielo (ese día las llevaba enroscadas en las puntas, distintas a las cintas grises de todos los días, más parecidas a las violetas de algunas tardes), agitándose levemente cada vez que ella levanta la cabeza y sonríe. Él ya perdió la cuenta de los años sin verla, sin sentir su aliento.
El techo está viejo sobre su cabeza y puede escuchar claramente los correteos de las palomas que arman refugios en ese rincón de la casa; hay algo rítmico en la forma en que se mueven, estas palomas, y ese sonido, unido al clamor del río que jamás se calla, lo recuerda de algunas tardes de cuando estaban de novios con ella, cuando su padre tomaba la guitarra del revés y hacía percusión para cantar, siempre al atardecer. Era la canción de la familia y, a veces, cuando cree ver las sombras de todos ellos atravesando el camino desierto, vuelve a escucharla como la primera vez, y llora al recordar el eco de la voz de Ignacia, el eco de su risa, el reflejo de la luz en sus ojos.
La culpa fue toda suya, desde luego; él no quiso marcharse. Cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, titubeó embriagado entre los recuerdos de su corto amor. Pero luego llegó aquella noche de luna nueva, y al despertar ya no había nadie en la casa; nadie alrededor, nadie escondido entre las sombras de las cortinas, nadie por el camino de grava. Los buscó sin esperanza, y cuando volvió la señora de la noche trató de buscarlos al amparo de la luz plateada, de nuevo, por todos los rincones, y encontró sólo recuerdos enmarañados y sucios.
Pero ese pasillo no lo había visitado antes. No recuerda por qué; la última vez que miró el cuadro solitario lo hizo por encima del hombro, el rostro enjugado en lágrimas, cuando Ignacia dejó el mundo y apagó la luz de su corazón. Él piensa que era para no sufrir. Para olvidar. Pero ahora lo ve de nuevo, y se pierde entre las pinceladas violentas y la mirada de ella, que parece que se hace más fuerte cuando él se aleja, que se hace más íntimo cada vez que él da un paso adelante. El amor, el dolor le inunda los pulmones, pero él no lo siente, porque está acostumbrado al vacío. El corazón de polvo parece latir de nuevo, y él sonríe tímido, mientras la mirada de ella lo envuelve en un viento frío que derrumba las paredes, como cristal, y lo desintegra en el vacío.
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Alteración de la Rutina miércoles, noviembre 08, 2006
“Ah, bueno,” dijo, y cerró la puerta lentamente tras de sí, mirando de reojo la silla a su izquierda. Se quedó parado ahí un par de segundos. Su traje de gala, escogido especialmente para ser usado esa noche, ya no tenía función alguna.
Suspiró confundido y se dirigió a la cama. Había un puñado de cartas en la mesita de luz; Maria aún no aprendía a separarlas por asunto, ni a atarlas con la cinta gris antes de depositarlas allí. La primera era una cuenta impaga desde hace tres meses. La segunda era una postal de su hermano. La tercera era una misiva devuelta que había mandado a la dirección equivocada. No terminó de mirar las otras, dejándolas desordenadamente de vuelta en la mesita, y se dirigió a la ventana, donde una bandeja con su cena fría lo esperaba. No había querido comerla antes de salir; ahora le parecía imperioso hacerlo, por cumplir normas de urbanidad. No volvió a mirar al otro extremo del cuarto.
Se desató la corbata antes de comer. La hogaza de pan que mordió estaba dura, como si hubiese estado al aire libre todo el día; la sopa no estaba particularmente deliciosa. Dejó la bandeja a un lado sin hacer ningún sonido, y acto seguido se metió dentro de la cama. Se levantó súbitamente, se quitó la chaqueta y se acostó otra vez.
Se durmió rápido, en parte por el miedo y en parte por no tener nada más que hacer. Su sueño estuvo atestado de imágenes escalofriantes y ruidos sordos en las paredes; un par de manos blancas se cerraban en torno a su cuello cada tanto, y él gritaba dormido, empapado en sudor. Un sueño más apacible al fin lo visitó en la mañana, y mientras el amanecer inundaba la habitación, él soñaba colores y formas sinuosas.
Le volvió la consciencia después de las siete, con una sonrisa en el rostro, que lo abandonó cuando abrió los ojos y pudo ver a su alrededor.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
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Respiro miércoles, octubre 25, 2006
Como lo entendí yo, había que escoger cinco palabras que a una le parecieran lindas, otras cinco feas, y escribir un texto poético donde quedaran todas lindas incluidas. Me costó, sí, pero me gusta más o menos lo que escribí. Aunque me pongo a pensar en bombas atómicas que expliquen el contexto de mi escrito, y no me gusta tanto la ciencia-ficción.
Palabras lindas: hielo, cristales, penumbra, violeta, cerrojo
Palabras feas horrendas: resquebrajado, hueso, borrasca, masculló, espinazo
Lo encontré donde mismo lo había dejado. Mi cuerpo ya no estaba. Quedaba él, sólo el tirado ahí sobre el suelo resquebrajado de frío. Había trozos de hielo quebrado por los rincones, como cristales opacos, quizás como cuarzo. Sus párpados estaban como recién cerrados; una pequeña luz iluminaba sus pestañas y parecía vivo en la penumbra, como dormido, como recién dormido. La piel la tenía pálida como un hueso. Seguro, la ola de muerte pasó por sobre nuestras cabezas como inesperada borrasca, en un segundo, y nos llevó el aliento. Quedamos azules, violetas los dos como hojas de otoño en la nieve, respirando el mismo aire, exhalando el mismo aliento. En alguna parte, mi padre masculló una maldición ahogada por no poder terminar su juego de ajedrez. Alguien se desmayó, sin vida, después de quitar la llave del cerrojo frío; yo sabía que jamás nos sacarían de ahí. Mi lengua estaba seca. No podía alcanzar los trozos de hielo. Por eso me acerqué a él y nos abrazamos. Un escalofrío le bajó por el espinazo. Yo le susurré una canción al oído. La muerte pasó como inesperada borrasca por sobre nuestras cabezas. Mi boca dejó de respirar en su boca. Mi cuerpo desapareció no poco después.
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Miguel lunes, octubre 23, 2006
Volada de anoche. En proceso creativo.
Lo cierto era que nadie había visto cuándo había muerto Miguel. Eso era lo único cierto. Doña Eloísa le quitó la pala a uno de los sepultureros vestidos de gris (nunca de negro, no, el gris es más institucional, señores, el negro es para los desgraciados que van a llorar al muerto, no para uno, no vaya a ser que no noten la diferencia y se nos lancen al hombro a berrear como niños, no señores, nunca de negro, vamos de gris) y comenzó ella misma a lanzar la tierra sobre el cajón de roble inmaculado, los remaches tenían un color como de bronce viejo y gastado, pero relucían sin grieta alguna; silenciosamente murmuraba un par de palabras dirigidas a nadie, a los ciegos que se quedaron sin ver cuando se murió Miguel, que estaba segura ella alguien podría haber visto algo si hubiesen querido, desgraciados, si fuera hijo suyo habrían tenido más cuidado, ahora me quedé yo sola aquí y encima tengo que enterrarlo yo si quiero que sea rápido este asunto, que me quiero ir a casa a mantener un digno luto y no tener que estar metida entre todos estos hipócritas, demonios, cómo nadie iba a ver como murió mi hijo, y los demás miembros de la familia, los primos y tíos lejanos que habían hecho el viaje a la capital por vez primera la miraban desconcertados, como no sabiendo qué hacer ante semejante arranque de rabia, que las cosas se hacían distintas en el campo, de eso no hay duda. Pero los más desconcertados eran, desde luego, los mentados ciegos; todos esos años de estar sentados día y noche en frente de las casas, mirando a los jóvenes pasar corriendo y a los niños saltar la cuerda como en autocastigo por no cuidarse la diabetes durante esos veinte años, esos años de mirar con envidia a la gente que podía moverse como quisiera seguro los había hecho inmunes a todo cuanto pasara, daba lo mismo lo que fuera, mientras pasara algo para mirarlo, pero nunca para mirarlo muy bien, no sea que nos vayan a meter en un problema grande después, un problema como este de la muerte de Miguel, que no vimos nada, señora, nosotros no vimos nada. Y se rumoraba que sí, que algo habían visto, pero lo seguro es que no había nadie en la calle en ese momento, nadie por ninguna parte, y Miguel se murió solo y frío en la mitad de la acera. Quizás alguien lo golpeó y se fue corriendo luego por los rincones oscuros que proporcionaban los árboles. El día anterior un niño había arruinado tres focos con unos fuegos mágicos que le había traído su abuelo de quién sabe dónde. Quizás de una capital extranjera, quién sabe, que de todos modos Santiago aún es un lugar pequeño, me vas a creer que los ingleses de la esquina no sabían a dónde habían llegado cuando recién se mudaron acá, quizás los fuegos mágicos venían de Inglaterra también, quién sabe, el abuelo de Nicolasito se guarda todas las cosas, una vez fuimos a su casa a tomar el té y el nos miró de soslayo por la hora completa, escondiéndose levemente tras un libro grueso forrado en cuero antiguo. Lo evidente era que nadie vio nada. Y por eso doña Eloísa estaba tan furiosa pensando en las caras asustadas de sus vecinos: cualquier día o cualquier noche era sólo cosa de saludar a un ama de casa cualquiera, a uno de los viejos diabéticos con piernas de palo (algunos tenían otras de plástico, los más pudientes), y ya se podía enterar una de todas las noticias del pueblo, escuchó señora que doña Martita compró cuatro botellas de leche hoy, sí, cuatro, quizás espera visitas, quizás es verdad que está embarazada de nuevo, oyó, vaya a ver a Martita si puede y nos cuenta, y ahora que necesitaba a uno de esos rematados viejos decrépitos para que le contara cómo murió Miguel no había nadie, es como si el cuerpo hubiese estado ahí por horas, invisible, inodoro, completamente inexistente hasta que Enriqueta tropezó con él, la pobre jamás había sido considerada de esa manera antes ni después, tener la cadera desviada y ser solterona por cuidar de su madre enferma la convertía en un don nadie, en una doña nadie, y de pronto se había encontrado con Miguel tirado en la acera y había gritado y todos los vecinos estaban sobre ella preguntándole cosas, pero ella apenas había encontrado el cuerpo tirado ahí y no sabía nada más, que yo iba camino a comprar un par de conservas para mamá, que quería comer un pastel, y de pronto tropiezo con ese bulto y miro y era Miguel, tenía los ojos abiertos, pensé que le había dado un síncope o qué diablos, pero miré de nuevo y supe que estaba muerto, estaba frío y la sangre la tenía seca sobre la ropa, eso es todo, después llegó el polecía y se lo llevó sin decirme nada, ni gracias, y al escuchar esto los vecinos salían en tropel al cuartel de policía y Enriqueta volvía a ser nadie en ese pueblo, y se iba refunfuñando a comprar sus conservas de una buena vez. La autopsia del cuerpo no reveló nada más que una estocada profunda que le había destrozado el estómago al muchacho, lleno éste y el intestino de aguardiente, aunque eso no explicaba la sangre en su rostro, se determinó que era la propia, pero no se pudo saber más, no tenemos tanta tecnología aún, señora, disculpe, hacemos todo lo que podemos, y cómo no es posible que puedan determinar nada más, ineptos, cosan bien a mi hijo porque no quiero que se le vea ese costurón horrendo en el cuello cuando lo entierre, déjemelo bien, que quiero que se vea decente una última vez. La intriga invadió al vecindario completo y las teorías eran cada día más alocadas, lo que se agravó cuando comenzaron a llegar los primos del campo en tropel, que Miguel era de los más queridos de la región, y junto con los kilos de ropa negra que debían lavarse todos los días también debía metérsele un poco de razón dentro de la cabeza a los visitantes, que con sus leyendas y creencias campesinas habían convertido al finado en víctima de los aparecidos que arrastraban cadenas, estrangulado por una mano negra sin cuerpo, atravesado por la larga y única uña de un monstruo que volvía locos a todos quienes le vieran el rostro. Pero vinieron de todos modos a despedirse de su querido primo, en espera de poder agradecerle (póstumamente, al menos) por las risas y las canciones en los veranos, cuando visitaba a todos sus familiares, por enseñarles que habían tres letras para el mismo sonido y que chorizo se escribía con zeta, sí, con esa que es como una culebra tiesa, sí, la culebra más flexible es la ese y va para el otro lado, prima, así mismo, chorizo se escribe siempre con zeta, no se olvide, y por eso estaban ahora todos de riguroso negro llorando lágrimas silenciosas frente a doña Eloísa, que estaba a punto de terminar de enterrar a su único hijo, demonios, y ellos tampoco vieron nada, porque a Miguelito no lo habían visto por cuatro años, la mayoría de ellos, aunque los vecinos sí que lo habían visto el día anterior, sonriente y un poco ebrio después de la fiesta de cumpleaños de la hermanita de su novia, ahora es una mujer hecha y derecha, celebremos, compadritos, levántense de esas sillas, viejos de mierda, que hay que celebrar, sonrían. Pero ellos le habían dicho que no, que no podían, que las piernas esas de palo (algunas de plástico, los más pudientes) eran para que las damas no tuviesen que ver a un hombre incompleto, que hay que mantener la dignidad, pero no nos podemos parar, menos bailar y celebrar, Miguelito, vaya a joder a otro lado, que acá estamos mirando gente pasar, no estamos para hacer vida social, lárguese. Y ahí se habían quedado por horas, esa tarde y esa noche y la mañana siguiente, disfrutando de la brisa fresca de verano, pero no habían visto nada, nada de nada, y es seguro que hasta había un par de ellos en el mismo sitio cuando Enriqueta tropezó con el cuerpo, pero no sabemos nada, doña Eloísa, nada podemos contarle. Y por eso rumiaba ella su rabia contra sus vecinos, por no poderles explicar qué demonios había pasado con su único hijo, ellos que podrían haber contado cada segundo de la vida del muchacho sin problemas, y por eso quería enterrarlo luego, para no tener que pensar que tenía otra muerte misteriosa hundiéndole los hombros, para no tener que preocuparse de esa intriga más, y estos sepultureros de pacotilla levantan la tierra suelta como preocupándose de mantener el silencio para no despertar a los muertos, como si alguna vez volvieran, como si se moviesen un poco más las piedras abriera los ojos Miguelito y me golpeara en el ataúd para abrirle, pero no, déme acá, inútil, paren todos ustedes, voy a terminar yo de enterrar a mi hijo, y déjeme en paz, usted, no me toque, ¡no me toque le digo!, que ya quiero terminar con este asunto, y no se mueva el resto, yo termino acá, el padrecito dice su oración y se rechingan todos, ya basta con esto, cómo nadie iba a ver cómo murió Miguel. Y los vecinos ciegos, los ancianos decrépitos, los diabéticos con piernas de palo (o de plástico, los más pudientes) ni pestañeaban, desconcertados con el ataque de rabia de doña Eloísa, y pensaban que quizás esa noche estuvieron ciegos por propia voluntad, para no meterse en problemas, pero quizás habría salido más a cuenta mirarlo todo, para poder comentar, para haber tranquilizado a la señora y quizás asistir a un entierro como corresponde, qué demonios, vámonos de aquí. Pero no se movían para nada, petrificados de miedo con la reacción de la pobre vieja Eloísa, que ahora se quedaba sola, sola sin marido, sin su único hijo, y sin una explicación para la muerte de ninguno de los dos.
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Ruleta jueves, octubre 19, 2006
Acá está mi tarea (pie forzado, se llamaba) para el taller de literatura de la Finis Terrae. Me dio risa que un niño me comentara que si quería estudiar Literatura que no entrara ahí. En fin... la leyenda cuenta que, en algún cuaderno/diario/nota de Chejov, había una anécdota que decía más o menos así: un hombre va al casino en Montecarlo, se gana un millón, vuelve a casa y se suicida. Uhh. Así que mi tarea era escribir eso. Está acá.
El brillo de las pequeñas monedas me embriaga. Hay algo en su luz metálica que me recuerda un parque de diversiones cerca de mi casa de la infancia. Cuando mi madre aún estaba buena, y el cambio acumulado de la semana era el suficiente, ella solía llevarme ahí los sábados por la tarde. En el carrusel había un caballo ataviado a la usanza de algún bélico pueblo árabe, la montura cubierta de hojas de oro, y aquél era mi favorito. Siempre debía pelearme con uno o dos niños para usarlo. El color de las luces del juego, los múltiples reflejos y las risas en el espejo central me hacían muy feliz. Su luz era, ahora que lo pienso, muy similar a la de este otro gran salón de juegos; quizás, si viviera, mamá habría fruncido el ceño ante mi adicción a este lugar, y todo el dinero que invertí, pero si no paga no juega, y si no juega no entra, me dijeron los guardias, y es una necesidad imperiosa que tengo, el poder entrar a este lugar todas las noches.
El movimiento de la ruleta es parecidísimo al de mi carrusel. Escoger un número es como apostar con Franz cuando adivinábamos el número de otros niños que subirían al juego, la edad del operador de máquinas, el número de niñas apostadas alrededor de mi corcel árabe (a veces conseguía un harem de hasta ocho muchachas) y ganar, o perder, me hace sentir la misma sensación de antaño. Mis números favoritos siempre fueron catorce y veintitrés. Nunca en nueve años salieron en la ruleta. Nunca hasta hoy.
La sensación de triunfo no es lo que yo esperaba. A mi alrededor sentí infinidad de otros hombres sin rostro palmándome la espalda y felicitándome por mi buena suerte, pero creo que no lo sentí así. Al principio intenté justificar mi fascinación por la ruleta diciendo que necesitaba dinero rápido y fácil para atender a mi hermano, que lo necesita, que acá puedo correr el riesgo, quizás sí que funcione, pero pronto aquella justificación la perdí y me quedé solo, sin nada. Lloré de vergüenza e indignación la última vez que debí recurrir a los pocos tesoros restantes de mi madre para poder comprar más fichas. Ni siquiera había permitido venderlas cuando ella necesitó el dinero. “Están para una ocasión especial,” me dijo, “no para las dolencias de una vieja gastada y sucia.”
Y ahora podría recorrer el mundo y recuperarlas todas. Todas, todas las cosas de mi madre. Podría volver a comprar nuestra vieja casa y decorarla como hace cuarenta años. Podría conseguir una criada como la señora Hertz y cenar deliciosos platillos todas las noches. Pero no tendría sentido. Nunca quise esa casa. Quisiera ser un niño otra vez. Había mucho menos de qué preocuparse entonces, apenas mirando a pasar la semana para visitar mi corcel una vez más, darle de comer; no debía pensar en mi habitación sucia, en el calendario descolorido, en afeitarme todos los días para verme de confianza y asegurar mi entrada al casino. No tendría que preocuparme de esparcir el rumor de que gané un millón, finalmente. La ruleta me fascina. Quizás podría comprarme una. Pero ahora mismo, tirado aquí, me parece siento también un cierto mareo, veo luces; el brillo de las pequeñas monedas, apiladas ordenadamente en mi escritorio desgastado, me embriaga. Bajo ellas, el profundo rojo ha invadido todas las vetas de la madera. No siento el dolor. Franz estaría orgulloso de mí. Creo que no podría haber logrado tener una visión más bella de mi mismo, reflejado en el oro frente a mis ojos. A mamá le habría gustado ver que al fin logré algo. Ahora me encontraré con ella. Iremos al carrusel de nuevo, juntos.
Tiene algunos detalles que no había visto, entre ellos un uso totalmente indiscriminado del verbo sentir, pero ya lo editaré. A esta hora tengo que dormir. No funciono en horario de adultos.
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Prerrogativa miércoles, octubre 18, 2006
Yo elijo
conocerte
explorar tus silencios y tus risas
el olor de tu pelo y el timbre de tu voz
yo escojo esconderme en la penumbra y dedicarte una sonrisa invisible
caminar bajo la lluvia en silencio
recordando tu nombre
capturando tu aliento entre mis manos frías
yo elijo quedarme contigo por horas y horas
y ver pasar el tiempo sin alejarme de ti
yo me duermo trenzando sueños de futuros encuentros,
y escondites, y lenguajes secretos para hablarte,
y te susurro al oído palabras
que nunca nadie volverá a oír jamás
yo elijo mirarte con el rabillo del ojo y pretender que no existe nada
nada pero nosotros, solos tú y yo
en la mitad de la noche, el uno con el otro,
explorando imágenes marchitas,
y manos recién nacidas.
Yo escojo guardar la única pasión que conozco
encerrada en un cofre de cristal violeta, que solo tú podrás abrir.
Por Dios. Estoy escribiendo poesía. Inconcluso, sí. Pero esto es lo que puedo hacer después de agotarme haciendo un ensayo de Lenguaje.
El título no significa nada. Es para rellenar. No lo he pensado.
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[Hilar palabras con cintas azules y hebras de oro] viernes, octubre 13, 2006
[Hilar palabras con cintas azules y hebras de oro]
Hebras perdidas en una rueca oscura que arde día y noche
y una aguja que hiere el alma y no el cuerpo, salen por la herida canciones de amor y también de esas que son como un beso violento, como un suspiro, y se van danzando al ritmo de la noche estrellada (y sus astros brillan azules, bastante lejos)
La luna quiere mirar, pero se le ha vedado el acceso.
A la señora no le gusta dejar rincón sin bañar con su luz plateada y se apodera de los secretos, que se quiebran en millones de pedazos y de voces, y se van huyendo los susurros por calles estrechas donde la ropa blanca cuelga de una ventana y hay un gato dormido hace semanas en el rellano de una escalera que no lleva a ninguna parte. Por eso la señora no puede entrar,
para que sus hijos saboreen la penumbra,
para que sean seducidos por los oscuros secretos,
para que no sea la sorpresa la que interrumpa sus amoríos
(a nadie le gusta que súbitamente enciendan la luz),
y para que su brillo apenas aparezca algunas veces, días y horas contadas,
(previa autorización escrita del hombre más enamorado del planeta)
y sus hijos disfruten de ella en quietud.
El frenesí es para otras épocas del año. No para aquéllas.
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