Attack martes, septiembre 23, 2008
La perspectiva de perder un ovario por culpa de ese quiste que tengo me hizo llorar, yo no sé si de miedo o de pena. Se me ocurre que de miedo de la operación (antes no tenía ese miedo de dormirme y despertar sin saber qué ocurrió, pero por alguna razón este año ha estado ahí, bien presente), pero acaso también de pena porque la idea de una ecografía era saber que estoy bien, que se solucionaron los problemas más graves que tenía de chica, que voy a poder ser mamá. Y sí, están solucionados los problemas, y con un ovario menos sí que puedo ser mamá, pero... siempre el pero. El miedo a algo que no conozco, a que en un par de años me aparezca otro quiste en el ovario que queda y ahí termine yo, sola y estéril, soñando con mis hijos, con caminar despacio por las veredas para balancear el peso, soñando con esa posibilidad siempre latente de que me lleguen a mí los mellizos que corrieron para la madre de mi abuela. El simple miedo que aparece cuando una todavía está encaramada en el metro y no quiere empezar a llorar en frente de todos, pero que poco a poco conquista para llegar a la puerta de calle con la cara mojada y para tirar esos lamentos angustiantes en el ascensor, el miedo de que me ataque de tan joven ese cáncer que le vino a todos los de mi familia por el lado materno. Entonces la pena que vuelve a aparecer cada vez que alguien me dice que voy a estar bien, que hay que ser fuerte, que esto no es tan grave. La pena, que seguramente se mezcla con otras cosas que dan pena y que suelo ignorar, hasta que aparece una cosa como este quiste y me hace perder la estabilidad emocional.
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Home alive viernes, septiembre 05, 2008
El recuerdo golpea y golpea otra vez. Sobre el golpeteo se arma una melodía
que suena como punk pero recuerda al blues, y sobre la melodía canta
Mia Zapata, quince años después. Era una noche cualquiera, acá
invierno y allá verano, una noche en que yo dormía después
de haber jugado en silencio toda la tarde con mis muñecas, una noche
en que yo dormía mientras ella se encontraba en alguna parte al hombre
oscuro que la golpeó y violó, una noche en que los vecinos escucharon
gritos pero nadie se asomó a mirar hasta que ya era demasiado tarde,
la noche en que ya no hubo más Mia y no hubo más grabaciones con
esa voz que hoy me gusta tanto, en que ya no hubo más que el recuerdo
del horror y el recuerdo y de nuevo el recuerdo que golpea, vuelve a golpear.
La gente piensa en Seattle y en los músicos muertos y se acuerda de Kurt
Cobain y sus veintisiete cortados de golpe por él mismo, pero la gente
no se acuerda de Mia y sus veintisiete y su muerte en Seattle cortados de golpe
por un hombre que no tuvo miramientos en hacerla asfixiarse hasta quedar ahí,
muerta. Yo pienso en ella, quince años después, porque pasaron
quince años antes de que yo me aprendiera su nombre y amara su música,
amara su voz. Pienso en ella y pienso en una de las líneas que más
recuerdo del puñado de letras que trato de aprenderme,
es esa que dice: death is the sickest way for attention.
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You know I remember it like yesterday martes, agosto 26, 2008
Hay una luz en una casa de al frente. La luz está en lo más alto
de ese espacio que hay entre las aguas del techo: está por dentro, pero
en ese lugar hay ventanas y yo la veo. La veo dividida en dos porque en medio
de todo hay una viga. Pero lo importante no es eso, lo importante es que me
está haciendo guiños:
Me la quedo mirando y se expande, me la quedo mirando y se esconde.
Solamente si la miro de pasada, como si no quiere la cosa, deja de hacer los
guiños.
Esos guiños tan rítmicos no pueden ser más que visiones mías.
Etiquetas: escritura automática, querido diario
You remind me of a former love domingo, agosto 17, 2008
Y yo que tenía la intención de quedarme en cama todo el día hoy, pero entre las noticias olímpicas y las frases de latín recordé la fecha y me di cuenta de que la abuela lleva ya un mes de muerta. De chica recuerdo haber ido solamente una vez al cementerio y fue para esas fechas en que está siempre lleno de gente, y mi mamá le pagó a un chico para que repintara las letras en la tumba de su papá, y yo pregunté que dónde estaba enterrado mi abuelo paterno y me dijeron que ahí mismo pero que no sabía bien dónde. Para mí el paseo no tenía nada de particular, era como irse a pasear a cualquier lado, solo que esta vez estábamos sentadas al lado de los huesos de un muerto que era familia pero que, como no alcancé a conocer, no tenía gran importancia. También desde bien chica he escuchado a mi madre decir que no le gusta ir a entretenerse a los cementerios, que la gente se muere y ya está, hay que seguir con los vivos. Claro que cuando se murió la abuela la vi llorar dos veces: la primera, cuando llegué pasadas las cinco de la mañana con el pelo sucio hasta la pieza y ella me murmuró algo (nunca supe qué fue; algo como 'no pensé que iba a ser tan...') antes de abrazarnos; la segunda, cuando en el cementerio empezaron a bajar el cajón con un mecanismo muy moderno, ninguna fuerza de brazo humano involucrada. Yo llevo un mes y todavía no lloro nada, pero no sé muy bien por qué será. Y, sin embargo, cuando mi madre dijo hace un par de semanas que fuéramos a dejarle una rosa accedí a ir. Yo le recordé eso que decía cuando yo era más chica y convino conmigo, pero dijo también que era su madre y que nadie más la iría a ver. Ese día estaba nublado y mi madre saludó a la muerta antes de dejarle la rosa sobre la losita. Yo no dije nada. Hoy recordé eso mientras decidía si ir o no al cementerio, que aparte de lo extraño queda bastante lejos. Pero convení yo también en que nadie más iría a verla y que mal que mal hace ya un mes. En el camino para allá compré una rosa roja (colombiana, dijo el tipo) como la de la vez anterior, pero ya casi llegando pensé en que una rosa está bien para representar a la hija de la muerta, que se llama Rosa, y que faltaba algo para mí, digamos que de segundo nombre tengo Lilian, y entonces pensé en un lilium, que por alguna razón relacionada con eso es mi flor favorita. Escogí una vara de flores naranjas. Camino a la tumba, un par de filas más abajo, estaba una mujer joven con su marido y una bebita. Estaban todos muy contentos merendando sentados al lado de la tumba, yo no sé de quién sería. Yo llegué a la mía y le murmuré un saludo a la abuela, cuando mi madre hizo eso la última vez yo me sentí incómoda pero ahora entendí que sale bien natural, y tuve que sentarme al lado como ellos, pero no por querer merendar sino porque venía algo cansada y quería recuperar el aliento. Le comenté a la abuela en voz baja que su hija andaba en Coyhaique y puse la rosa en la losita como esa vez. El lilium lo puse sobre el pasto, como si se la estuviera poniendo a ella entre las manos, me imagino, dos metros más abajo, y le dije que representaban a una y otra, quizás así se sentía menos sola. Se me ocurrió que quería decirle más cosas a la abuela, pero estaba la pareja con la bebita muy cerca y no me gusta que me escuchen cuando estoy en contacto con lo del más allá y todo eso. Me quedé sentada uno o dos minutos, vi la hora, dije "bueno, eso era todo" y me levanté. Una fila más abajo había una tumba con un par de arreglitos encima que se habían volcado. Cuando me iba me acerqué y volví a poner los arreglitos en su lugar, y entonces recordé esa historia que me contó una vez mi madre sobre la tía Teleta y las tumbas. Mi madre y la tía iban a visitar a algún fallecido, y después de dejar sus propias floras la tía Teleta estiraba el cuello hasta las otras tumbas y se ponía a repartirle flores a todos, porque este hueón tiene muchas, niña, y este otro hueón no tiene ninguna, le vamos a prestar. Lo malo es que eso no se puede hacer en los cementerios-parque de ahora, porque la gente que deja de verdad muchas cosas en las tumbas hace unas cosas muy bonitas y me sentiría mal desarmando las creaciones. No es lo mismo que sacar un ramito de una pila, pienso, pero quizás alguna vez me haga el ánimo de ponerme a repartir los adornos. Yo a la tía Teleta tampoco la conocí, pero en casa hablan tanto de ella que es como si la hubiera conocido de todos modos. Hace unas semanas quisimos ir a un responso en su nombre, en otro cementerio en lo más alto de Vespucio, pero nunca logramos encontrar la tumba. Con todo, siento que mis relaciones con los cementerios van mejor de lo que se me habría ocurrido jamás.
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Don't say no right now domingo, julio 20, 2008
Yo ya sé que soy una mala chica, pero es que el tema de los puntos suspensivos me enferma de los nervios. Recuerdo haber leído algunos fragmentos del libro de autoayuda del Rocha (sí, sí, ese que le prendió fuego al martillero y se murió quemado también aunque eso haya pasado mucho después) y estaban por todos lados como hongos. Me dan el mismo escalofrío que una fotografía de una zona muy sensible de la piel atacada por unos hongos espantosos que parecían ojos, pero en un calibre más bajo porque el solo hecho de acordarme de la fotografía me hace temblar completa y lo de los puntos suspensivos me da algo parecido a la decepción. Para decir algo brillante hay que usarlos, como si en cada uno de los puntitos estuviera graduada la anticipación, el silencio, la impaciencia por oír eso que se viene y que me va a cambiar la vida. Pero paso los puntitos y leo lo que sigue y casi siempre el sentimiento es decepcionante, anticlimático. Acaso estén justificados cuando lo que sigue a los puntitos es una variación pequeñísima en una frase hecha que le da un significado nuevo, pero para eso hay que compartir el código. Quizás es que no comparto el código. Quizás es, solamente, que no logro ser una buena chica.
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In sábado, julio 05, 2008
Me quedan veinte minutos y tengo una excusa de lo más cotidiana, de lo más normal para cruzarme por tu camino hoy, pero me aguanto. Yo no sé si me aguanto por el miedo a que no me haya quedado bien el pelo o por el miedo a que se note la hinchazón o por el miedo a que si te veo después no se me olvide que te vi, pero el hecho es que me aguanto más bien para ahorrarme esto último: a fin de cuentas es todo un juego de contención, de nuevo un juego de contención. Como ese día, aunque tú no lo entendiste.
Pasan los veinte minutos mientras yo me afano tratando de sacarle suficiente jugo a unas naranjas demasiado secas, y entonces me olvido, pero unas doce o dieciséis horas más tarde yo duermo sobre mi lado izquierdo y te me apareces entre todo el otro elenco de gente que tengo en sueños: sé que eres tú por alguna cosa que irradias, quizás por los colores contrastantes que irradias. Entonces despierto y recuerdo eso y de nuevo sé que mi propia mente me traiciona, pero me quedo tranquila porque sé que, bien adentro, a veces te pasan cosas parecidas.
Etiquetas: escritura automática, los soñados

