sin protección de testigos  lunes, diciembre 29, 2008

Lo malo del advenimiento de los años nuevos es la inevitable instancia de revisión, en mi caso porque vienen a traer conscientemente a la luz un puñado de cosas que quisiera más bien enterrar de una buena vez. Lo curioso de este año nuevo en particular es que marcará diez años desde la noche de mi accidente y la pérdida de casi todo mi ojo izquierdo. Lo bueno de eso curioso es poder hacer un par de paralelos con mi vida como está ahora.

Yo estaba por cumplir diez años y ni siquiera puedo acordarme de quiénes eran mis mejores amigos entonces. Tan pequeñas era improbable que mis amigas pudieran pasearse por la sala de hospital (más tarde una habitación de clínica aún más inaccesible) donde estaba estancada, pero la compañía de la familia y el montón de chocolates era suficiente para dejarme contenta. Eso y que lo del ojo era un dolor completamente manejable: a lo mejor me falla el recuerdo, pero estoy segura de que cuando me duelen por culpa de las migrañas es mucho peor. Antes de empezar a preocuparme por mi apariencia como lo hago ahora, me molestaba mucho tener que llevar un protector en medio de la cara, especialmente cuando era una improvisada pieza de radiografía cortada y puesta en cono. Además de eso podía levantarme en las noches a jugar en sillas de ruedas, y cerca de medianoche nos encontraba la enfermera y nos regalaba un pedazo de pan con queso para acallar el hambre de la dieta de enfermo. Dos semanas de hospital me dejaron tratando de aprender a caminar solamente con la información de mi lado derecho, de modo de dejar de chocar con las cosas y botar vasos en la cocina.

Ahora se acercaban mis veinte y, con un miedo muy calmado, encontraba consuelo en la idea de tener a mis amigos de visita en el hospital mientras estuviera internada con el vientre abierto. El maquillaje que empaqué cuando me iba era más bien por ellos antes que para mí, y no soportaría haber recibido a nadie con la cara completamente limpia y en ese estado. No esperaba yo que un día antes de todo mis dos mejores amigos decidieran cortar todas las relaciones conmigo, y ambos por una excusa de pelea que en otras circunstancias habría sido solamente anecdótica. Cristóbal tenía el derecho, por supuesto, porque la pelea era directamente con él. Entre todos los secretos que poco a poco fui escuchando de boca de otros, con el pasar de los días fui capaz de entender que él, aunque me hubiera contado tantas veces entre sus incondicionales, no tuviera conmigo la confianza suficiente. Y está bien. Pero nunca me esperé que Carolina fuera capaz de dejarme así, sin motivo alguno, y luego sin explicación hasta ahora. Antes de pensar todo esto, desde luego, en el hospital sentía solamente la soledad en su estado primitivo, y el hormigueo atroz que me hacía querer con todas las ganas del mundo mover las piernas, y la irresponsabilidad de levantarme apenas pude aunque eso podría muy bien haber significado una caída y un desastre. El llanto de la segunda noche de hospital fue solamente el preludio del llanto de todos los demás días, cuando el solo hecho de levantarme de la cama hacía tirar en mí cada fibra de mi vientre y cada recuerdo de los casi-hijos que fueron lanzados a la basura, y cada recuerdo en la cabeza que me hacía todavía extrañar a quienes me dejaron así. Nadie vino a escucharme ni a tratar de curar la pena. Otro par de amigos que creía más lejanos, pero que demostraron ser de lo más comprensivos y amables de todos, lograron hacerme sonreír en otros momentos, cuando me aguantaba la risa para no seguir tirando en las fibras cortadas.

Un par de meses después la herida solamente duele en un par de puntos duros que se me antojan tumbas de mis casi-hijos arrancados, y la herida emocional está casi completamente curada. El problema es que vuelven a la cabeza algunos recuerdos a veces, que las más solamente sirven para remarcar el contrapunto de cómo terminaron todas las cosas: pero aprendo a vivir con ello, aunque todavía hayan cosas inexplicables. Como que, por ejemplo, a Carolina no se le caiga la cara de vergüenza cuando estamos en la lectura y se atreve a saludarme con la mano y con los ojos muy abiertos, como que ella se mereciera que yo la saludara alguna vez más en mi vida. Como que, por ejemplo, esa barrita que nos medía la compatibilidad musical ahora esté más alta que nunca. Como que, por ejemplo, ahora sea mucho más sensible a la condición sexual de mis amigos y todos sean mucho más relajados con el tema y con la posibilidad de usar orejitas de conejo en una celebración. Con todo, haber tenido que pasar por eso sirvió para aprender que incluso la gente a la que más quiero y en quien más confío es capaz de apuñalar así, por la espalda y por el vientre del mismo modo. Lección de vida para aprender a confiar menos, quizás, pero sobre todo a dar lo más posible sin involucrarse tanto para no quedar en medio de situaciones incómodas más adelante en la vida. Yo no sé cuándo dejaré de echar de menos, pero sí hay una cosa mala de este año que no estoy dispuesta a abandonar todavía: el deseo ferviente de que sean ellos los que siempre me extrañen, para que sientan apenas una parte de lo que yo, enrollada en cama y rozando levemente el lugar del crimen, tuve que sentir en la oscuridad. Para eso empezaré de nuevo a prender mis velas por la noche: para pedir cosas lindas, para pedir cosas malas, para sanar las heridas. Para que alguna vez, quién sabe, pueda ver de nuevo por mi lado izquierdo: ya ni me imagino cómo será. Igual como no me imagino cómo sería estar con ellos otra vez. Lo que sería ser una niña de nuevo, antes de que quedara medio ciega, antes de que solamente hubieran caminos difíciles y dolorosos para arreglar los problemas de mi más íntima feminidad.

Creo que lo único que quiero es tener veinte de una buena vez.

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Plug it in  miércoles, diciembre 03, 2008

Como nunca, el escalofrío que se me escapa no se alcanza a sentir porque lo atrapa tu cuerpo cuando me cuentas eso, eran cinco o seis y aguantan hasta que son dos y yo no quiero saber qué pasó con los otros. Por ahora me preocupa solamente seguir más acostada que sentada a tu lado, seducirte con las tabletas de chocolate, improvisar un baile, conquistarte la boca. Yo no sé por qué siempre terminas saliendo entre todos los trozos inconexos, por qué a pesar de nuestra historia siempre te encuentro fácil al tacto y dispuesto a abrazarme, a que te abrace, a hablar como nunca hemos hablado aunque eso signifique mirarnos menos a los ojos. Creo que todavía tenemos ambos un talento para recoger las historias abandonadas, pero esta vez nos conocemos más y podríamos, quizás, empezar a cometer menos errores. Confío en que es ese el motivo de que te me sigas apareciendo.

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Tres por tres  miércoles, noviembre 26, 2008

Que se pasen las pulsiones sicópatas es otro problema, porque siempre tengo que andar alimentando eso de saber, simplemente saber, como para recordar en cualquier momento "ah, sí, debe estar haciendo eso, como siempre" o "claro, es que se cortó el pelo hace poco" o algo como "¿en quién pensará ahora?", pero saber es solamente para alimentar las pulsiones, que nunca tienen ni han tenido nada que ver con el dolor/el cariño/el echar de menos. Lo que se echa de menos es culpa de los instintos. Lo de querer y sentir dolor, no tanto. Ahora tengo más fuerza de voluntad que antes y aunque te vea una vez a la semana o una al mes o todos los días, lo mismo las cosas se pasan hasta el punto en que no las necesito. A veces las quiero, desde luego, a veces me acuerdo con eso de las pulsiones, pero ya no son necesidad. La idea de no verte la cara nunca más no es tan terrible como yo pensaba. Desde luego, siempre están los recovecos en el metro, las calles del centro, los espacios más o menos neutros en que quizás nos pillemos alguna vez, y quizás nos saludemos, quizás nos vamos a mirar desde lejos como quien no quiere reconocer a nadie y quizás ni siquiera nos demos cuenta de que andamos otra vez tan cerca. Todo se pasa; las pulsiones un día también se van a pasar. Supongo que entonces solamente te me aparecerás intempestivamente en la cabeza un par de veces al año y cada vez menos, con la nostalgia de los momentos lindos (en algún sentido lindos), y finalmente perdonando que hubieras sido tú quien decidió cerrar la puerta para siempre.

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Attack  martes, septiembre 23, 2008

La perspectiva de perder un ovario por culpa de ese quiste que tengo me hizo llorar, yo no sé si de miedo o de pena. Se me ocurre que de miedo de la operación (antes no tenía ese miedo de dormirme y despertar sin saber qué ocurrió, pero por alguna razón este año ha estado ahí, bien presente), pero acaso también de pena porque la idea de una ecografía era saber que estoy bien, que se solucionaron los problemas más graves que tenía de chica, que voy a poder ser mamá. Y sí, están solucionados los problemas, y con un ovario menos sí que puedo ser mamá, pero... siempre el pero. El miedo a algo que no conozco, a que en un par de años me aparezca otro quiste en el ovario que queda y ahí termine yo, sola y estéril, soñando con mis hijos, con caminar despacio por las veredas para balancear el peso, soñando con esa posibilidad siempre latente de que me lleguen a mí los mellizos que corrieron para la madre de mi abuela. El simple miedo que aparece cuando una todavía está encaramada en el metro y no quiere empezar a llorar en frente de todos, pero que poco a poco conquista para llegar a la puerta de calle con la cara mojada y para tirar esos lamentos angustiantes en el ascensor, el miedo de que me ataque de tan joven ese cáncer que le vino a todos los de mi familia por el lado materno. Entonces la pena que vuelve a aparecer cada vez que alguien me dice que voy a estar bien, que hay que ser fuerte, que esto no es tan grave. La pena, que seguramente se mezcla con otras cosas que dan pena y que suelo ignorar, hasta que aparece una cosa como este quiste y me hace perder la estabilidad emocional.

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Home alive  viernes, septiembre 05, 2008

El recuerdo golpea y golpea otra vez. Sobre el golpeteo se arma una melodía que suena como punk pero recuerda al blues, y sobre la melodía canta Mia Zapata, quince años después. Era una noche cualquiera, acá invierno y allá verano, una noche en que yo dormía después de haber jugado en silencio toda la tarde con mis muñecas, una noche en que yo dormía mientras ella se encontraba en alguna parte al hombre oscuro que la golpeó y violó, una noche en que los vecinos escucharon gritos pero nadie se asomó a mirar hasta que ya era demasiado tarde, la noche en que ya no hubo más Mia y no hubo más grabaciones con esa voz que hoy me gusta tanto, en que ya no hubo más que el recuerdo del horror y el recuerdo y de nuevo el recuerdo que golpea, vuelve a golpear. La gente piensa en Seattle y en los músicos muertos y se acuerda de Kurt Cobain y sus veintisiete cortados de golpe por él mismo, pero la gente no se acuerda de Mia y sus veintisiete y su muerte en Seattle cortados de golpe por un hombre que no tuvo miramientos en hacerla asfixiarse hasta quedar ahí, muerta. Yo pienso en ella, quince años después, porque pasaron quince años antes de que yo me aprendiera su nombre y amara su música, amara su voz. Pienso en ella y pienso en una de las líneas que más recuerdo del puñado de letras que trato de aprenderme,
es esa que dice: death is the sickest way for attention.

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Me falta determinación  jueves, junio 12, 2008

En alguna parte de La Casa de Los Espíritus, que después de tantos años sigue entre mis libros favoritos, Esteban le pega un manotazo a Clara y ella le dice a Esteban algo muy fuerte, algo muy doloroso. Algo como: desde este momento nunca más voy a pensar en usted. Y, cayendo en un silencio esta vez selectivo, Clara se niega a dirigirle la palabra a Esteban hasta el día de su muerte.
Desde que leí eso he querido hacer lo mismo. Pero ya me di cuenta de que me falta fuerza de voluntad. O fuerza interna, qué se yo. Tengo un cuerpo que se aferra fuertemente a los recuerdos, que muchas veces se entretiene ante mis deseos acordándose de cosas que pasaron hace tiempo y que ya no hay manera alguna de recuperar alguna vez. Tengo un cuerpo que se niega a que yo me acerque tanto que solamente pueda verle la mitad de la cara y decirle

no quiero verte más

pero no puedo, porque hay algo que tengo dentro que todavía se aferra a ese pasado tan equivocado, que no se conforma con tener un lugar vacío, y entonces tengo que aguantarme las ganas y pretender que no quiero decir

no quiero verte
más.

El único remedio que conozco a este problema es que llegue otro a llenar ese espacio, a darle de manotazos al recuerdo del otro hasta que lo haga trastabillar y caer de la banca donde descansa tan tranquilo leyendo mis libros y riéndose de mis torpezas. Pero hasta que no llegue voy a tener que aguantarme las ganas, y seguir aguantando que el recuerdo de él me siga apareciendo de la nada en la cabeza como una aparición que infaliblemente me aterra, que me aterra por hacerme darme cuenta de que soy menos fuerte de lo que siempre pensé.

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lunes, 6 de junio de 2005  viernes, junio 06, 2008

My dear friend:

It's been three years, and still not a single day goes by when I don't think of you. Of anything about you: your smile, your imitation of the British accent, your red nose, the spots all over your skin. Sometimes I just think about your face, or rather it suddenly pops in my mind, because I can't seem to forget at all, and I can't seem to stop missing you. It doesn't hurt anymore, I think. But the longing is still the same as usual, the longing to see your face, to hear from you, to have someone confirm that you are, indeed, travelling, and that you are coming back to us one of these days. I'd hug you so hard, and then we'd gossip as usual about boys, and I'd have three years of gossip to fill you in and find a way to paint your nails and make them look pretty despite the constant breaking, and I'd still wish I could be like you, trying to gain weight instead of losing it, and just being around you, and being better, closer friends.
I do still wish, however, that you refrain from looking at me, 'cause I am sure I'm a pretty boring person and there are things about me I wouldn't want anyone to watch, but we're all like that, right? And perhaps you are looking, and you're with me while I type this, and I just want you to know that I love you as much as ever, and that I hope that we meet again sometime.
I'll take care of myself, too, and hope that if I ever get cancer (and I probably am), I'll be as strong as you were.

I love you.

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A propósito del veintitrés  jueves, abril 24, 2008

Algo debieron hacer mal Cervantes y Shakespeare para que el día en que se murieron los dos se convirtiera en celebración, ¿no? Lo del derecho de autor me tiene más bien sin cuidado, pero está bonito eso de celebrarle un día a los libros. Yo creo que si un día me gano el loto o esas cosas me voy a gastar mucha, muchísima plata comprando libros, porque a la gente de plata lo que más le envidio es eso. Una vez llevé a Felipe conmigo a la biblioteca y mientras él estaba incómodo ahí mirándome (yo, entre otras cosas, le preguntaba que por qué tenía la frente llena de heridas, y no me quiso contestar) yo estaba de lo más feliz tratando de decidir entre algo de Bolaño o de Auster, agachada entre las filitas ordenadas de libros, y me sentía profundamente en paz. Ahora último me compré un librero para instalar los libros que yo tengo, que no son muchos, pero los suficientes para llenar cómodamente dos hileras y tener una vista decente. Y cuando recién me puse a ordenarlos estuve mucho rato siguiendo las reglas alfabéticas (¿Edmundo de Amicis va en la a o en la d?), y me pareció un buen trabajo y me hizo feliz.

Como digo a veces, yo me creo escritora y está en mi futuro publicar muchos libros, o al menos unos pocos de ellos, libros donde estén mis cuentos, libros donde estén las crónicas de los viajes con mis padres, libros donde estén las crónicas de mi familia hereje y otros avatares de mi vida provincial. Por ahora, uno a las celebraciones del día del libro ese volumen tipo anuario en el que salgo publicada (por primera vez en la vida): un volumen con pinta de libro fotocopiado, de tapa blanda y con infinidad de errores por todos lados, pero un volumen donde salen 600 palabras mías. Que me recuerda que escribo porque me gusta hacerlo y no por imposición o por llevar la contra: que escribo porque es parte de mis procesos vitales, y que alguna vez todo eso se va a ver materializado en libros de mi propia cosecha.

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I refuse  jueves, abril 10, 2008

Hasta hace cuatro días yo nunca me había planteado seriamente la posibilidad de los abortos. Siempre me ha parecido que es un egoísmo muy grande, un error irreparable, matar a un hijo. Pero ahora apareció en la vida de todas las mujeres chilenas un puñado de diputados prohibiendo la famosa pastillita del día después: un montón de hombres, digamos, que decidieron que hay evidencia de que el 'remedio' es abortivo y que tiene que ser prohibido por anticonstitucional. Y lo que va a pasar con eso no es que se respete más o menos la constitución, sino que ahora habrán muchas más mujeres, especialmente mujeres jóvenes, que se van a ver enfrentadas a la realidad de tener un hijo que no quieren ni planeaban tener.

A mí me parece que las medidas estatales respecto a la salud tienen que cumplir con dos requisitos: 1) ser un bien aplicado a toda la población por igual, y 2) ser un bien aplicado de acuerdo a la realidad de la sociedad de la nación en que vivimos. La decisión del Tribunal Constitucional no cumple ninguno de esos requisitos, de partida porque la prohibición de la pastilla aplica solamente a los establecimientos públicos, y porque se está prohibiendo una medida de anticoncepción de emergencia que no es nada menos que necesaria en tiempos en que muchas mujeres están teniendo sexo casual sin protección.
Que existe el sexo casual es una realidad. Que muchas mujeres, especialmente mujeres jóvenes y adolescentes, no han logrado llegar al punto en que se hacen cargo de su sexualidad y toman medidas de prevención contra embarazos y enfermedades, es una realidad incluso más importante. Y para ellas es que deben existir estas medidas: porque algo puede quedar fuera del cálculo, porque muchas veces no se pensará en las consecuencias, y no todas nosotras estamos preparadas para enfrentarnos a un hijo. No todas tenemos los medios para hacer crecer a ese hijo, para cuidarlo, para cambiar completamente el curso de nuestras vidas con la llegada de un hijo al mundo.
¿Por qué no, entonces, utilizar una medida de emergencia? De anticoncepción de emergencia, ni más ni menos, porque las cualidades abortivas de la pastilla no han sido probadas. Ahora parece que la única opción es asumir el riesgo de quedar embarazadas, mientras que por los lados más pudientes de nuestra sociedad las que puedan pagar seguirán teniendo el acceso, ahora privilegiado, a la solución que a las demás se nos niega. Porque para qué negarlo: para arriba, estos accidentes también pasan...

Y si entonces hay una mujer que no quiere tener un hijo, que tuvo alguna vez la opción de hacer un último intento por librarse de la responsabilidad de tener un hijo y ahora le ha sido arrancada, ¿no se vuelve el aborto válido, de alguna forma? Todavía no me convenzo. No sé qué pensar al respecto. Pero he tenido, forzosamente, que pensarlo: la opción es la misma. Las sutilezas de cuándo empieza la vida tienen algo que ver, pero no lo dicen todo. Forzar a alguien a traer un hijo al mundo me suena cada día más irracional, especialmente cuando parece que no hay más escapatoria para aquellas que no están dispuestas a reprimir su vida sexual por ello. Estoy segura de que hay quienes creen que la prohibición hará que las mujeres se moderen. Estoy segura de que es un intercambio injusto e infundado: no pasará.

Yo quiero poder elegir lo que quiero para mi vida. Yo quiero poder elegir cuándo tener mis hijos, y por eso yo digo sí a la pastilla.

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Now with 50% more realistic cries!  sábado, diciembre 08, 2007

A mí todavía me sorprende que haya gente que se extrañe ante la sumisión de las chilenas.
No es raro si desde chiquititas lo que nos regalan son muñequitas y sets de ollas. No es raro, porque desde esos años en que yo jugaba con muñecas hasta ahora pasamos de las guaguas peladas de plástico a unos muñecos altamente tecnológicos que no solo cierran los ojos cuando se los pone de espaldas, sino que también comen, van al baño y hay que sacarles los chanchitos. Desde los tres o cuatro años a las niñitas se las instala a aprender cómo cuidar de los niños y a ser mamás. Al mismo tiempo empiezan a jugar con las ollitas y el barro para vivir cómodamente en la cocina cuando sean grandes.
Si el problema no era solo que nos gustaran las Barbies, es que para la mayoría de nosotras era muy difícil llegar a tener un Ken: porque jugar con un hombre no era lo mismo que jugar con una mujer, porque andarlo trayendo a él era distinto a hacer que ellas se cortaran el pelo o danzaran en patines. O, de tener uno, la pelea con las amigas era para ver cuál de las muñequitas se quedaba con el único hombre. Así giramos nosotras en torno a los muchachitos, desde bien chicas. Entonces no extraña que después aparezcan algunas que digan que a veces se lo merecen. Que seguramente hicieron algo mal. Algo como arrancarse de la cocina para ir a denunciar o querer salirse del rol de ama de casa, de guía de los niños.

Todavía me sorprende que hayan mujeres que digan que no importa, que el Lucho es güeno, pero es que con la forma en que nos criamos parece que no hay otra salida.

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Un anonimato, como un secreto a voces  domingo, marzo 11, 2007

Hace un mes hablé con una señora que apareció en la tele. Ya no me acuerdo de su nombre, pero salió en un reportaje sobre vendedores ambulantes. Ella vende calcetines en la Alameda, allá en Estación Central, y al inicio del reportaje ella tenía permiso municipal para instalarse en la calle con un puesto establecido. Todos los días llegaba a las siete para armar su puesto y se iba bien tarde para desarmarlo. Eso hasta que le quitaron el permiso, que duraba tres meses, y tuvo que volver a arrancar de los pacos. Todos los ambulantes que se instalaban en esa zona mandaban a una mujer a fijarse si venía alguien, y cuando eso pasaba ella ponía el grito en el cielo y empezaban a correr todos, agarrando rápidamente el pañito con esos cordeles que les amarran a las esquinas, y yéndose bien lejos. De vuelta ella se demoraba un buen rato en volver a ordenar los calcetines, porque parecía que no admitiría ofrecer su mercadería de otro modo. Y así todo el día. Al final del reportaje ella aún no había logrado recuperar su permiso, lo que supongo acarreó aún más problemas para pagar hasta la plata del arriendo (2000 pesos diarios, pagados todas las mañanas, o todas las noches, pero ciertamente una vez al día). Pero es obvio que hace un mes ya lo había recuperado. Yo iba con mi mochila llena de recuerdos y ropa sucia, llegando desde La Serena, y me había perdido entre los terminales. Ella fue tan amable de decirme para dónde quedaba el Alameda. Mientras le preguntaba pensaba que la había visto en alguna parte. Creo que salté un poco cuando me di cuenta que la había visto en la tele. Es bastante más bajita de lo que pensaba. Cuando le hablé deben haber sido las siete veinte y seguro que venía llegando no hace mucho. Pensé en comprarle calcetines. Pensé en que tenía suficientes. Me indicó que siguiera caminando hacia el sur, en sentido contrario a los buses Transantiago recién estrenados hace dos días, le di las gracias y seguí mi camino. Me quedé pensando. No creo que se lo haya comentado a nadie. Pero mientras veía pasar el metro cada noventa segundos, lleno de gente dentro y fuera de él, esperando a que aparecieran los mellizos, pensé en ella y en su historia. También en otro hombre muy gordo que perdió el permiso y entró a danzar trasvestido en un circo para poder seguir ganando algo de plata, porque su estado físico realmente no le permitía andar arrancando de los pacos, como quizás en otros tiempos. Me pareció que tenían una linda historia. Pero creo que haberle comentado a ella "oiga, a usted la vi en el trece" hubiese sido falto de tacto. Si es que paso por Estación Central uno de estos días pararé frente a su puesto de calcetines, y le compraré un par. O tres por luca, como creo es la oferta.

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Y acá, el resumen  sábado, diciembre 30, 2006

Este año aprendí a tomar pastillas. No, no eso de tomarse una aspirina cuando duele la cabeza porque eso no funciona, sino a hacerme el hábito de tomarme mis cinco pastillas diarias para andar bien, para bajar de peso, de pasada para subir el ánimo aunque no traigan ningún químico específicamente dedicado a eso, para incitarme a hacer ejercicio más a menudo (no lo hice, lo reconozco, pero sí que me muevo más). Este año comenzó antes del primero de enero porque hubo un día en el que decidí salir de ese hoyo de mierda en el que me había metido y lo logré. Lo logré. Este año pasé volando por el cuarto medio y lo mejor es que pasé con una sonrisa gigante en mi cara, una sonrisa de aquellas que iluminan los ojos y me permiten reírme de las cosas sencillas, este año aprendí que hay más que tomar apuntes en clases y que también se puede copuchar en los recreos y molestar a los profes y tirarles piropos en los pasillos, y darme a conocer a quienes me habían tenido dos años al lado y ni siquiera me habían visto, porque no nos dimos tiempo, ninguno de los dos se lo dio. Este año escribí una carta llena de amor y de recuerdos, en los dos idiomas que más amo, y por primera vez tuve que leer en inglés en frente de unas cuatrocientas personas, y me tembló la voz pero no arranqué porque sabía que podía hacerlo, y mantengo lo que alguna vez dije de que pienso en la Isi todos los días de la vida porque ella es inolvidable, porque no se ha ido y a cada momento me acuerdo de su risa y su ridiculez, cosas que en ese entonces no tenía pero que desde murió me ha contagiado. Este año me creí enamorada y me declaré y tres semanas después otro tipo pasó por delante de mis ojos y me volví a enamorar, porque si algo aprendí este año es que un clavo saca a otro clavo (sí, porque hay ahora uno más que está terminando de cerrarme la herida), y creo que le agradezco a él por enamorarme, porque evitó que arruinara la preciosa amistad entre Max y yo, y por eso ahora estamos tan bien los dos, y estoy feliz por eso. Volví a mi grupo scout: cuando chica mi madre me decía que no fuera a esas cosas porque era una floja rematada y lo sigo siendo, pero ese grupo ha sido uno de los pilares más importantes de mi vida y el lugar donde he encontrado a algunos de mis amigos más queridos, y al menos un amor (efímero, incompleto, plagado de niñerías de primer beso y de diferencia de caracteres y de malentendidos, pero un amor que disfruté y que me enseñó cantidad de cosas ), y que me ha entregado algunas de las noches más felices, y sin duda algunas de las más tristes que pueda recordar. Asistí al primer taller literario como corresponde y compartí con otra gente que sentía como yo y opinaba las mismas cosas sobre los temas en los que me he sentido más sola durante mi vida completa: me trajo innumerables risas, y nuevas expresiones, y sobre todo una hipersensibilidad a las faltas ortográficas y gramaticales, sin duda. Encontré amigos en personas mucho, muchísimo mayores que yo, quizá por un lado confirmándome que prefiero hablarles a ellos, porque tienen una visión distinta a la de los niños de mi edad, no sé, y encontré amigos entre mis profesores, sepultando para siempre esa jerarquía tan horrible que siempre nos separó, y ahora estoy loca por ir al cine con ellos, por comerme un helado con ellos, y reírme y copuchar. Bajé un montón de peso y me embargaron sentimientos encontrados, la mayoría de felicidad por poderle robar la poca ropa que tiene a mi hermana y por verme mejor en las cosas nuevas que compré, pero también me exasperé por tener que botar varias otras cosas en las que parezco bolsa pero que de todas maneras me enorgullece. Me gradué y esa noche de mi graduación me parecí la mujer más bonita de la tierra y lo sigo pensando, porque hubo muchos, este año, que no sólo me enseñaron a quererme a mí misma, sino que me demostraron lo atractiva que soy, lo maravillosa que puedo llegar a ser, y sin falsa modestia ni ninguna otra ridiculez puedo llegar a decir ahora que me encanto, me encanto por cómo soy y cómo es que quiero seguir siendo, y me encanta escuchar a otros cuando me lo dicen también, cuando me dicen que mis ojos son preciosos porque hay algo en ellos que ilumina todo, todo.

Si algo aprendí es que es verdad que hay que tocar fondo para salir no a flote pero a lo más alto, y sin duda así ha sido conmigo. Yo no tengo nada que quemar este año porque todo me ha servido, hasta el único llanto que me embargó en estos trescientos y pico días. Y haré de mi dos mil siete un año estupendo porque así lo quiero, y creo que lo esencial es querer, solamente querer.

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El mejor regalo eres tú  domingo, diciembre 24, 2006

No me gusta mucho la navidad. Es que no me gusta el consumismo así de desenfrenado. Hoy, mientras mandaba el correspondiente mail-que-parece-spam a todos mis amigos incluidos en un mensaje ultra genérico de felices fiestas, me di cuenta de que hay demasiada gente que me importa y que no podría ahorrar lo suficiente para comprarles a todos algo, aunque ahorrara todo el año (y soy buena para ahorrar, el problema es que sucumbo a la tentación fácilmente, especialmente a los helados y a los chocolates). Y por eso prefiero no comprarle nada a nadie: porque no me gusta caer en eso tan predecible de ir a meterse a un mall en estas épocas (menos cuando está rebosante de gente, dado que a mí me estresan sobremanera los tumultos), porque no quiero terminar comprándole algo a alguien que sé lo va a apreciar sólo porque se lo di yo y no por su utilidad o porque le haga falta: porque no, la gente que conozco tiene de todo. Pero de todo, es impresionante. Así que estoy pensando en que voy a ser original y voy a regalar cosas, pero en otra fecha del año. De todas maneras, a mi vieja sí que le voy a comprar algo apenas cobre mi cheque y empiecen las liquidaciones, porque ella se lo merece. También tiene de todo, pero por una vez tendré que regalarle yo algo a ella con el fruto de mi trabajo (y sí, porque ese cheque cresta que me costó ganármelo).

También me pasó para el otro lado este año. Mi vieja me preguntó que qué quería para navidad, y le dije que nada. Nada de nada. ¡Porque yo sí que tengo de todo, y lo único que quería, que era una cámara digital, lo conseguí cuando me gradué! Y bueno, también porque se me pegó eso de que quiero que me regalen plata para comprarme ropa. Algo malo de haber bajado doce kilos es que me queda todo atroz. Pero ya se vienen las liquidaciones de mitad de verano (me acuerdo que antes eran sólamente en... en agosto y en febrero antes de empezar los respectivos semestres, pero ahora las hacen como ocho veces en el año) y me voy a comprar todo lo que me parezca lindo, si es que encuentro, porque estoy enferma ya de pasearme por ahí y ver pantalones milicos (no: mi hermana está en el servicio y no me pienso poner eso) y esas poleras largas como vestidos con estampados dorados. Porque no quiero ser hardcorita. No. Me cargan las tipas iguales.

En fin, que me desvié del tema: la cosa es que no hay regalos tangibles para nadie. Oh, para una persona sí. Pero es secreto así que no lo puedo escribir acá, mucho menos porque esa persona me lee y yo lo sé.

Feliz navidá.

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  sábado, septiembre 23, 2006

Quién fue el primero que inventó esa estupidez de "cada hombre es una isla"? Me gusta tener mis ratos privados, pero si estuviera sola todo el rato estaría hiper aburrida y me terminaría suicidando. Si fuera yo una isla no serviría de nada amenazar con subirme a una mesa a gritar tonteras, ni mucho menos hacer chapitas para el fanclav, porque nadie lo vería. Si viviera sola no podría amar, y por ende no escribiría nada. Y estaría perdida en el limbo de la nada y sería una lata. Pero no. Yo estoy acá porque la paso BIEN y si no, me habría ido a otro lado. Pero sola sola sola ni cagando.

El loquito que inventó eso era un depresivo sin alma. Si le anda gritando al mundo que es una isla, la gente se va a arrancar de él.

 

Suena mala onda, pero es que no concuerdo.

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Coaching  lunes, mayo 22, 2006

Me aterroriza quedarme ciega un día. No estoy segura de haberlo sentido cuando era más pequeña, pero después del famoso accidente del año 1999 (si hasta salí en la tele, mi momento de fama infame) donde perdí el 80% de la visión de mi ojo izquierdo, me ha preocupado un poco.

Para la gente que no conoce mi historia: Era el año nuevo del 99 y con mi familia (y agregados, como un tipo re chistoso que me dijo mi vieja una vez andaba preguntando cosas sobre los amigos de verdad) estábamos por allá en la Torre Entel viendo los fuegos artificiales. Lejos de la cerca protectora y tal. Yo mirando hacia arriba, qué lindo, cuando de repente me cae ALGO en la cara, un poquito más abajo del ojo izquierdo - no recuerdo el golpe en sí, sólo que al minuto siguiente estaba gritando como vaca y como nunca antes ni después he gritado en mi vida - sea lo que sea que me cayó, después supimos que el tipo extra que andaba por ahí se había pegado con algo en la cabeza, que se supone es la misma esquirla que me pegó a mí en el ojo - supongo que rebotó en él y después en mí. Menos mal, porque si no yo creo que no tendría ojo en este momento. El tema es que fuimos al hospital esa noche, me limpiaron solamente, después al otro día fuimos a la urgencia y después de unas semanas y dos operaciones resulta que tengo desprendimiento de retina y una cagadita más o menos dentro del ojo. Que no debería tenerlo, en verdad, pero hicieron un buen trabajo los tipos y no se me nota. En fin. La cosa es que tengo un solo ojo.

No puedo ni imaginar el quedarme sin mi ojo bueno. ¡Es que quedaría completamente inútil, inutilizable para nada! Las cosas que más me gustan, léase chatear por mi lado flojo y leer y escribir, dibujar, por el otro, quedarían completamente fuera de mi alcance. No más películas buenas, no más tomar micro sola, no más nada - mi 20% de visión (según un examen) no sirve para nada. Si quiero verme las líneas de las manos tengo que ponerme la palma a tres centímetros del ojo y moverla constantemente.

Hace tiempo tenía ganas de hacer este experimento. Antes tenía una foto de Mr Darcy, pero la perdí. Tomemos este barco hecho con Legos que hicimos con la Mily hace como un año:

Muy bien. Eso yo lo veo con mi ojo derecho. Ahora, si cierro mi ojo bueno y miro eso mismo con mi ojo malo, más o menos a distancia estándar de la pantalla del computador,se ve más o menos así:

Lo oscuro-negro no es precisamente así, pero pasa que el lado superior izquierdo de mi campo visual es el que no veo por lo del desprendimiento al lado inmediatamente contrario (la imagen se invierte y qué se yo), y generalmente cuando fijo la mirada en alguna cosa esa mancha negra empieza a expanderse de a poco. Así que mientras más miro menos veo.

Si me quedara así, no podría hacer nada.

La cosa es que llegó el Papa (mi profe jefe) hoy con una bonita sorpresa. Llevó a un tipo a la sala, no me recuerdo el nombre ya, que era ciego hace algunos años, producto de la diabetes y tal, contándonos su experiencia. De esas charlas como de autoayuda, pero esta vez sí me llamó la atención - porque eso que tiene él me podría pasar a mí también, con mis eternos problemas hormonales y tener un ojo menos y tal, entonces escuchar... la experiencia de alguien que pudo ver por unos veinticinco años, que fue scout como yo, que ahora no ve nada, pero que usa un computador como tal cosa y que, después de todo, es feliz, es una cosa rica. Me llamó la atención eso de que me mirara directo a los ojos cuando le hablaba - él no podía ver, pero es impresionante la precisión. Yo no lo miré de vuelta porque me puse nerviosa y soy una ridícula. Pero me inspiró para volver a lo de scout - en serio que sí, y se lo dije. Fue una cosa rica.

Cuídense los ojitos, todos, ustedes que todavía tienen dos...

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El tema con tener diecisiete  miércoles, febrero 22, 2006

Completamente editado el nueve de octubre de 2006.

Cuando cumplí dieciséis sentía que echaba de menos alguna gente importante en mi vida. Tuve un cumpleaños piola, me acuerdo que estaba mi hermano en Santiago, y faltaba poquito para entrar a clases, a los electivos entretenidos (no lo fueron) y a todas las cosas que cambian en tercero medio (no podría decir cuáles; tengo pocas memorias del 2005). El tema es que cumplía años y evidentemente pensaba que iba a ser un año genial.

Equivocadísima estaba, porque tuve un año de mierda. A mis amigas del alma las ví tres veces entre todas, perdí mi tiempo en un electivo horrendo, me quebré y lloré en frente de una profe a la cual aún me cuesta mirar, se me murió la Isi (y pienso en ella todos los días, nunca se va a ir, porque no creo dejarla descansar, debo tenerla chata yo creo), me cerré al mundo, a mis amigos, a quienes trataron de acercarse, me enamoré estúpidamente de un par de palabras en una pantalla de computador, y dejé que mi ridículo drama de segunda me comiera el alma y me engordara muchísimos kilos. Fue un año atroz.

Aunque también me ayudó. También hubo momentos en los que me reí muchísimo, echando de menos el mundo escultivo al que acabo de volver, me reí de tonteras con las cuales nadie más se reía (aún no lo hacen) y me demoré bastante en darme cuenta que amo a mis compañeros de clases, con todo lo estresantes y ridículos que son algunas veces, y después de estar encerrada como ostra todo el verano dos mil séis creo que entendí que mi año número diecisiete iba a ser genial no sólo porque lo creyera, sino porque me iba a asegurar de que así fuera. Sobretodo me di cuenta que estaba ahogándome en un vaso de agua, y que quizás soy bipolar y debería dejar que viniera alguien con sus maquinitas de electricidad a meterme rayos en la cabeza, pero por ahora estoy contenta y no quiero que ningún atado cuático venga a cagarme la sonrisa gigante que ando trayendo desde mi cumpleaños. Es importante que me acuerde de lo que pasó, lo que hice (sobre todo esos chocolates Orly que me comía todos los días) y lo que dejé de hacer para estúpidamente quedarme dentro de mi auto exilio social y familiar. Aunque sí hay algo que sigo pensando es que no quiero un acosador atrás mío que me abrace cuando me conoce recién - quiero alguien que me quiera de vuelta y de verdad, que me conozca, que me grite cállate pelúa o cosas así. Pero mis diecisiete van a ser perfectos porque así los quiero. Feliz cumpleaños.

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my dirty hands are mined.

Yo siempre he querido saber lo que responde la gente en el Quién Quiere Ser Millonario después de que Don Francis dice: "PREGUUUUNTA NÚMERO SIETEEEEEE."

No, pero en serio

Tengo veinte años y lo mejor que me pasó en la vida fue haber descubierto el rock. Mi familia dice que lo que escucho es demasiado estridente.

Los archivos

Créditos

código base: GeckoandFly

inspiración: liz lubowitz

Pocos fans, pero buenos


...yo misma soy mi #1 fan.

Y todo lo demás

The Out Campaign: Scarlet Letter of Atheism
Soy atea y no tengo problema alguno en admitirlo (aunque eso implique usar As mayúsculas antiestéticas).

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