So there jueves, enero 01, 2009
Yo creo que cuando se quiere a alguien no se puede usar jamás la fórmula
impersonal, aunque me contradiga ahora mismo. Es que hay para mí una
diferencia abismante entre escribir, por ejemplo, "se te quiere mucho"
o "se la/lo quiere mucho" en un mensaje cualquiera, a decir "te
quiero mucho" con todas sus letras. ¿Por qué no hacerse cargo?
Incluso queda más corto (y estético), y se supone que ahora la
brevedad es la primera máxima. A lo mejor es el miedo a estar arriesgando
demasiado: yo sé que más de una vez haberlo dicho así me
trajo atados o explicaciones de más (aunque recuerdo con cariño
una: "¿ya me quieres?"), pero eso de que se te quiere en alguna
parte es tan... no sé muy bien. Siento que cuando me han dedicado frases
de ese estilo es que me quieren menos de lo que originalmente habrían
querido poner, es decir, algo como "te quiero, pero no me alcanza el valor
para ponerlo así, no te creas que te quiero tanto". No
sé cuándo me hice consciente de la molestia tampoco, pero estoy
segura de que nunca he usado la fórmula, al menos conscientemente, porque
si usara una cosa así querría decir precisamente lo anterior.
Querer siempre se me ha dado de lo más fácil (aunque gracias a
las traiciones me haya vuelto más cautelosa ahora último) y me
parece nada menos que natural expresarlo en lo personal. Y cuando no se puede,
porque nunca se sabe qué mujer más sicópata que una está
viendo lo que le deja de mensaje a los muchachos, me quedo más bien en
el "cuídate" o "nos vemos", pero supongo que eso
es más bien para salvaguardar mi integridad física. Como se ve,
mi problema con lo impersonal solamente se me da en estos casos, porque de otro
modo es parte esencial de mi escritura.
Quizás por esto siempre me van queriendo menos, porque soy quisquillosa
con esta clase de detallitos de otro modo sin importancia alguna.
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sin protección de testigos lunes, diciembre 29, 2008
Lo malo del advenimiento de los años nuevos es la inevitable instancia de revisión, en mi caso porque vienen a traer conscientemente a la luz un puñado de cosas que quisiera más bien enterrar de una buena vez. Lo curioso de este año nuevo en particular es que marcará diez años desde la noche de mi accidente y la pérdida de casi todo mi ojo izquierdo. Lo bueno de eso curioso es poder hacer un par de paralelos con mi vida como está ahora.
Yo estaba por cumplir diez años y ni siquiera puedo acordarme de quiénes eran mis mejores amigos entonces. Tan pequeñas era improbable que mis amigas pudieran pasearse por la sala de hospital (más tarde una habitación de clínica aún más inaccesible) donde estaba estancada, pero la compañía de la familia y el montón de chocolates era suficiente para dejarme contenta. Eso y que lo del ojo era un dolor completamente manejable: a lo mejor me falla el recuerdo, pero estoy segura de que cuando me duelen por culpa de las migrañas es mucho peor. Antes de empezar a preocuparme por mi apariencia como lo hago ahora, me molestaba mucho tener que llevar un protector en medio de la cara, especialmente cuando era una improvisada pieza de radiografía cortada y puesta en cono. Además de eso podía levantarme en las noches a jugar en sillas de ruedas, y cerca de medianoche nos encontraba la enfermera y nos regalaba un pedazo de pan con queso para acallar el hambre de la dieta de enfermo. Dos semanas de hospital me dejaron tratando de aprender a caminar solamente con la información de mi lado derecho, de modo de dejar de chocar con las cosas y botar vasos en la cocina.
Ahora se acercaban mis veinte y, con un miedo muy calmado, encontraba consuelo en la idea de tener a mis amigos de visita en el hospital mientras estuviera internada con el vientre abierto. El maquillaje que empaqué cuando me iba era más bien por ellos antes que para mí, y no soportaría haber recibido a nadie con la cara completamente limpia y en ese estado. No esperaba yo que un día antes de todo mis dos mejores amigos decidieran cortar todas las relaciones conmigo, y ambos por una excusa de pelea que en otras circunstancias habría sido solamente anecdótica. Cristóbal tenía el derecho, por supuesto, porque la pelea era directamente con él. Entre todos los secretos que poco a poco fui escuchando de boca de otros, con el pasar de los días fui capaz de entender que él, aunque me hubiera contado tantas veces entre sus incondicionales, no tuviera conmigo la confianza suficiente. Y está bien. Pero nunca me esperé que Carolina fuera capaz de dejarme así, sin motivo alguno, y luego sin explicación hasta ahora. Antes de pensar todo esto, desde luego, en el hospital sentía solamente la soledad en su estado primitivo, y el hormigueo atroz que me hacía querer con todas las ganas del mundo mover las piernas, y la irresponsabilidad de levantarme apenas pude aunque eso podría muy bien haber significado una caída y un desastre. El llanto de la segunda noche de hospital fue solamente el preludio del llanto de todos los demás días, cuando el solo hecho de levantarme de la cama hacía tirar en mí cada fibra de mi vientre y cada recuerdo de los casi-hijos que fueron lanzados a la basura, y cada recuerdo en la cabeza que me hacía todavía extrañar a quienes me dejaron así. Nadie vino a escucharme ni a tratar de curar la pena. Otro par de amigos que creía más lejanos, pero que demostraron ser de lo más comprensivos y amables de todos, lograron hacerme sonreír en otros momentos, cuando me aguantaba la risa para no seguir tirando en las fibras cortadas.
Un par de meses después la herida solamente duele en un par de puntos duros que se me antojan tumbas de mis casi-hijos arrancados, y la herida emocional está casi completamente curada. El problema es que vuelven a la cabeza algunos recuerdos a veces, que las más solamente sirven para remarcar el contrapunto de cómo terminaron todas las cosas: pero aprendo a vivir con ello, aunque todavía hayan cosas inexplicables. Como que, por ejemplo, a Carolina no se le caiga la cara de vergüenza cuando estamos en la lectura y se atreve a saludarme con la mano y con los ojos muy abiertos, como que ella se mereciera que yo la saludara alguna vez más en mi vida. Como que, por ejemplo, esa barrita que nos medía la compatibilidad musical ahora esté más alta que nunca. Como que, por ejemplo, ahora sea mucho más sensible a la condición sexual de mis amigos y todos sean mucho más relajados con el tema y con la posibilidad de usar orejitas de conejo en una celebración. Con todo, haber tenido que pasar por eso sirvió para aprender que incluso la gente a la que más quiero y en quien más confío es capaz de apuñalar así, por la espalda y por el vientre del mismo modo. Lección de vida para aprender a confiar menos, quizás, pero sobre todo a dar lo más posible sin involucrarse tanto para no quedar en medio de situaciones incómodas más adelante en la vida. Yo no sé cuándo dejaré de echar de menos, pero sí hay una cosa mala de este año que no estoy dispuesta a abandonar todavía: el deseo ferviente de que sean ellos los que siempre me extrañen, para que sientan apenas una parte de lo que yo, enrollada en cama y rozando levemente el lugar del crimen, tuve que sentir en la oscuridad. Para eso empezaré de nuevo a prender mis velas por la noche: para pedir cosas lindas, para pedir cosas malas, para sanar las heridas. Para que alguna vez, quién sabe, pueda ver de nuevo por mi lado izquierdo: ya ni me imagino cómo será. Igual como no me imagino cómo sería estar con ellos otra vez. Lo que sería ser una niña de nuevo, antes de que quedara medio ciega, antes de que solamente hubieran caminos difíciles y dolorosos para arreglar los problemas de mi más íntima feminidad.
Creo que lo único que quiero es tener veinte de una buena vez.
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Don't say no right now domingo, julio 20, 2008
Yo ya sé que soy una mala chica, pero es que el tema de los puntos suspensivos me enferma de los nervios. Recuerdo haber leído algunos fragmentos del libro de autoayuda del Rocha (sí, sí, ese que le prendió fuego al martillero y se murió quemado también aunque eso haya pasado mucho después) y estaban por todos lados como hongos. Me dan el mismo escalofrío que una fotografía de una zona muy sensible de la piel atacada por unos hongos espantosos que parecían ojos, pero en un calibre más bajo porque el solo hecho de acordarme de la fotografía me hace temblar completa y lo de los puntos suspensivos me da algo parecido a la decepción. Para decir algo brillante hay que usarlos, como si en cada uno de los puntitos estuviera graduada la anticipación, el silencio, la impaciencia por oír eso que se viene y que me va a cambiar la vida. Pero paso los puntitos y leo lo que sigue y casi siempre el sentimiento es decepcionante, anticlimático. Acaso estén justificados cuando lo que sigue a los puntitos es una variación pequeñísima en una frase hecha que le da un significado nuevo, pero para eso hay que compartir el código. Quizás es que no comparto el código. Quizás es, solamente, que no logro ser una buena chica.
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Hay citas y citas jueves, junio 12, 2008
Se me ocurre que una forma relativamente simple de clasificar a mis amigas cuando se me hace necesario es distinguir entre las que saben lo que es una cita y las que no. Las citas que se ponen cuando en un formulario, digamos en la información de perfil de Facebook, aparece el campo de "citas favoritas". Las más saben lo que se supone que una ponga ahí (y entonces aparece alguna frase del escritor favorito o de Duchamp, que no sé si es escritor pero tengo la idea de que no lo es, más una frase de algún famosillo de moda acá en Chile o en el extranjero), pero hay otras amigas que, inocentemente, en esa parte del formulario ponen que ay, les encantaría salir a la playa un día o tener una cena (o comerse un chocolate) a la luz de las velas con el muchachito de turno. Yo, cuando leo esas cosas, internamente me río y externamente asomo una sonrisa que nunca me sale tan apologética como yo quisiera, pero eso me pasa por ser tan esencialmente mordaz para mostrar mi desaprobación de alguna cosa. Pero las amigas que no saben que ese campo refiere a citas que no tienen (en teoría) nada que ver con encuentros románticos (porque de esas también hay citas, de las otras claro) todavía no se han contaminado de esa carga tan espantosamente literaria de tener citas favoritas, y en general yo diría que tienen un día a día más feliz. Fuera de eso, doyme cuenta con horror de que no sabría explicar lo que es una cita en el campo que no es el de las relaciones amorosas, pero me niego a consultar ningún diccionario para tratar de llenar ese vacío con definiciones parcas inventadas por otra persona.

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Economía lingüística mis polainas martes, julio 10, 2007
Hay algo que me enerva y es que la gente escriba almorzan2, comien2, saltan2, brillan2, o lo que sea.
Eso es todo.
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Señora, no vea tanta tele martes, diciembre 26, 2006
"Los excursionistas dijeron haber comido poco durante estos días, pues debieron racionalizar la comida..."
(En las noticias de algún canal, ahora mismo)
NO. NO. NO. NO. Señores. Por Dios. ¡Ustedes trabajan en la tele! Con razón la gente habla pésimo en este país, si los periodistas de la tele, que son los principales agentes que entregan información, no saben usar (ajem, ocupar) el léxico como corresponde.
Caballeros, con ayuda de la RAE les traigo la diferencia entre
Racionalizar: dar una explicación racional a los actos de uno. O también, sacar una raíz del denominador de una fracción.
Racionar: ordenar en raciones, especialmente cuando hay escasez de algo, para asegurarse de que dure lo más posible. O también proveer de dichas raciones a los involucrados.
Aprendan a hablar. Los del taller literario ya saben que estas palabras mal usadas me dan urticaria. Para otro post escribo la diferencia entre usar y ocupar, y entre situar y colocar.
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